miércoles, 5 de agosto de 2015

EL CORRAL DEL DIABLO

En septiembre del pasado, y ya casi olvidado, año 2012, el caminante empleó dos días en recorrer la garganta de Bohoyo y la de Gredos, con paso obligado por las Cinco Lagunas y la Laguna Grande. Para realizar la travesía, necesitó de los servicios de Antonio, taxista y alcalde de Bohoyo, para enlazar esta localidad con la de Navalperal de Tormes. Ahora, casi tres años después, cuando el caminante vuelve a insistir en las agrestes gargantas occidentales de Gredos, el cómplice de antaño se encuentra con el hecho incuestionable de la jubilación. Curiosamente, en estos días coincidentes con las elecciones municipales, Antonio ha terminado con su actividad de taxista,… y de alcalde.

El segundo día del mes de junio, el caminante, muy de mañana, sale de la Corte. Ha concertado el apoyo de un taxista de El Barco de Ávila, que le servirá como apoyo a la travesía que lleva varios días pergeñando. El asunto consiste en dejar la máquina infernal en Nava del Barco y, con el concurso del taxista, comenzar en Navalguijo.

Todo resulta de acuerdo con lo planeado; a las nueve en punto, con un día que se presume fresco en las alturas y caluroso en los bajíos, el taxista deja al caminante junto al pilón de Navalguijo, lugar donde comienza la ruta. Procura no hacerse demasiadas ilusiones con el mirífico arranque del camino, pues, aunque se inicia bajo la fresca sombra de pinos y robles, sabe que la práctica totalidad del recorrido será sin el amparo de vegetación de porte alto. A la media hora del inicio, al tiempo que sale a la cegadora luz de la mañana, el camino pierde su condición de carretero para convertirse en senda. Escobas y cantuesos acompañan al caminante en su voluntad para acercarse al sonoro rumor de la Garganta de los Caballeros.



A media ladera, como si quisiesen escenificar algún desafecto ancestral, senda y agua se mantienen distantes. Sobre los diferentes tonos verdes de herbazales y matojos, la espaciosa garganta ofrece al caminante un variado surtido de colores: el morado de los cantuesos, el rabioso amarillo de las escobas, el blanco roto y el sofocado carmín de los brezos y, como tonalidad predominante, el radiante dorado del piorno serrano. De repente, la suavidad del paisaje se altera con la mole granítica de La Camocha. De sus verticales paredes, desde unos ochenta metros, la corriente del arroyo del Horco se despeña en busca de la garganta, en lo que se conoce como Chorrera del Lanchón. Tras la visita al lugar donde rompe el agua, vuelve el caminante a la querencia de la garganta; sale de la vereda y, entre la vegetación, se aproxima a la cercanía de la corriente para observar la lisura de las rocas, originada por la fricción de la lengua de hielo del primitivo glaciar.





Tras la chorrera el valle se vuelve agreste. Las amenazadoras paredes encajonan la corriente de agua que, en busca de su salida natural, se torna rebelde formando infinidad de pozas y cascadas. El camino, con la evidente intervención del hombre, progresa cosido a los cortados de la garganta. Es la parte más angosta y áspera de la primera parte del recorrido. Terminado el entretenido tramo rocoso, el valle vuelve a abrirse en praderas y pastos cervunos.




Y de repente, el silencio. El agua, en un alarde de prestidigitación, desaparece entre las blancas rocas de la garganta. El caminante, con la duda si será así en el tramo que queda hasta la laguna, avanza hasta el lugar donde se encuentran los restos de una antigua mina de blenda. Allí, entre los herrumbrosos restos de la antigua maquinaria, el caminante vuelve a reencontrarse con el ronco murmullo de la corriente. El agua, de la misma insólita forma que despareció, vuelve a hacerse visible. En el profundo tajo que la torrentera lleva tallando miríadas de años, se encuentra, en una placentera composición de serbales, frondosos abedules y algún tejo disperso, el último oasis de sombra de la subida a la laguna. Vuelve el caminante a la senda que, unos centenares de metros más adelante, cruza a la otra orilla al encuentro del vivificante frescor de la fuente de la Majá Baera, donde repone agua,…y resuello. Enseguida, enmarcado en el accidentado paisaje, el último refugio de la garganta. Junto a él, sobre una roca, quizá como forzado tributo a las penalidades sufridas, las botas abandonadas de algún andariego de pies maltrechos.







Regresa a la margen izquierda de la corriente y, ya con la vista puesta en las paredes del circo glaciar, afronta los últimos repechos antes de llegar a la primera laguna de la jornada. Bajo los amenazantes 2383 metros de los peñascos de El Juraco, aproximadamente en la cota 1950, el encuentro con la Laguna de los Caballeros deja perplejo al caminante. Una vez repuesto de la impresión de tan desmedido paisaje, consulta los mapas para constatar que al otro lado, en la parte meridional de la cuerda, se encuentra la provincia de Cáceres. Pero su camino es justamente el contrario.








Ha tardado casi cinco horas en llegar hasta allí y calcula, si todo se da bien, que le quedan otras tantas de camino. Escruta la ladera que, por su parte norte, cierra la laguna, con el ánimo de encontrar el paso más favorable entre el cerrado piornal. Aunque con la pendiente más acusada, al fin se decide por aprovechar una lengua de piedras que se descuelga desde el cordal. Poco a poco, ante la mirada sorprendida de las cabras, el caminante va tomando altura sobre la laguna. Una vez arriba, abandona el verde espectáculo de las aguas, para adentrarse, sin ninguna otra posibilidad visible, en el dorado océano de piornos que se presenta ante él. Enredado entre la vegetación, buscando las trochas abiertas por los animales, el caminante llega a la cornisa del segundo circo glaciar de la jornada.




A los pies de los 2366 metros del Alto del Corral del Diablo, tan solitaria como la anterior, aparece la Laguna de la Nava. El caminante, que ha salido con bien del piornal, afronta una fascinadora bajada entre bloques de piedra. Pausadamente, siempre con la vista en la lámina de agua, llega hasta un arroyo que vierte sus aguas a la laguna. Antes de llegar a la orilla, en medio de un verde pradal, el caminante acaba con las provisiones. Durante el merecido descanso repasa las evidentes diferencias entre las dos lagunas. Si la de los Caballeros es natural y de esmeraldinas aguas, la de la Nava presenta una tonalidad turquesa y, para acumular más volumen de agua, la intervención del hombre ha cerrado la salida natural de sus aguas con un recio muro de piedras de doble pared.




Baja el caminante hasta el cerramiento artificial de la laguna. Parado frente a la pared rocosa del Corral del Diablo es cuando entiende la ajustada descripción que tiene leída sobre el lugar: el circo perfecto. Y a su espalda, siguiendo la huída natural del agua, la rocosa garganta que baja hasta Nava del Barco.




La senda, marcada de hitos, sortea riscos y cascajeras. Al salir de un primer tramo de rocas, el caminante vuelve la mirada hacia el profundo hondón donde, ya invisible, se encuentra la laguna. El camino, en una clara adaptación a la escabrosa orografía, serpea junto a profundos cañones y pozas cristalinas. En una de ellas, ya con las sombras ganando terreno al solejar, hace una parada para refrescarse en sus aguas.






Tras pasar el último refugio del recorrido, a la vera de una acequia que hurta sus aguas de las de la garganta, una cancela de color verde marca la linde entre lo bravío y lo domeñado. El brazal que el caminante vio nacer en libertad, se encajona ahora entre los muros de las praderías, a las que riega por riguroso turno. Ya cerca del pueblo, en una fuente a la que le quedan un par de semanas para perder la vida, el caminante hace las últimas abluciones de la jornada.


Por un camino, en principo terrizo y luego cementado, entre viejos robles y algún castaño casi en floración, llega el caminante al lugar donde dejó, casi once horas antes, la máquina infernal. El resto: más de dos horas de camino hasta la Corte, en cuyo caserío entra cuando la noche ha ganado la batalla a las últimas luces de la tarde.      

DOR


viernes, 10 de julio de 2015

EN EL REINO DE EOLO: URRACA-MIGUEL Y OJOS-ALBOS

A principios de los sesenta del siglo pasado, los cronistas de las Cortes recogieron una sabrosa anécdota parlamentaria. El cordobés José Solís Ruiz, entonces Ministro Secretario General del Movimiento, defendía la ampliación de horas dedicadas al deporte en detrimento de otras disciplinas que, según el ministro, eran poco provechosas. “Más deporte y menos latín”, era el remoquete varias veces utilizado durante sus intervenciones. Concluyó sus argumentos con una pregunta que consideró sería el broche irrebatible de su intervención: “… ¿pues, en definitiva, para qué sirve hoy el latín? La llamada sonrisa del régimen quedó petrificada cuando, sin esperarlo, Adolfo Muñoz Alonso, vallisoletano de Peñafiel, que llegó a ser rector de la Complutense y que atesoraba más conocimiento que la media del resto de procuradores, contestó: “Por de pronto, señor ministro, sirve para que a ustedes, los de Cabra, les llamen egabrenses y no otra cosa”

Con la evocación de este recuerdo, el caminante intenta argumentar las diferentes maneras de construir los topónimos de las poblaciones de nuestra geografía. Unos, atendiendo al origen de su fundación, evolucionan desde el fenicio, el latín, el árabe…; otros, tomando para sí el nombre de un río o de cualquier otro accidente geográfico: picos, collados, navas, etc. Pero existen algunos a los que resulta difícil encontrar un origen claro de su nombre. Tal es el caso de las dos poblaciones que el caminante va ha visitar tres días antes de las amenazadoras elecciones municipales y autonómicas: Urraca-Miguel y Ojos-albos. De ninguna de las dos ha logrado encontrar explicación fiable para tan curiosos nombres.

Llega a Urraca-Miguel cuando el escaso vecindario comienza a salir a sus quehaceres. En el transcurso de los preparativos para el comienzo de la ruta, un lugareño entrado en años, utilizando el plural sociativo, como si estuviese preparado para hacer la ruta,  se interesa por el forastero y su impedimenta:
-          ¿Adónde vamos?

El caminante, que gusta de esos encuentros, levantando la voz, pues ha observado que el buen hombre gasta sonotone, le explica, sobre los mapas, el recorrido del día. El paisano, gran conocedor de los lugares y caminos, sentencia:
-          Pues sí que nos vamos a dar un buen tute.

Tras más de un cuarto de hora de amena conversación, el interlocutor, de parcos estudios pero eximio conocimiento, cuando ya parece que está en la despedida pregunta:
-          ¿Va usted a votar?

El caminante que, en el transcurso de la conversación, viene notando un cierto resquemor contra la clase política, e intuyendo que se trata de uno de los prosélitos del partido más multitudinario, o sea, la abstención, responde a la gallega:
-          ¿Y usted?

Es entonces cuando arde Troya. Sus cuitas arrancan cuando el pueblo perdió su condición de municipio para, por decisión administrativa, convertirse en pedanía de Ávila capital. Para colmo de desgracias, más tarde, la Junta les adjudicó la instalación de un vertedero mancomunado, que recoge la basura de unos sesenta municipios, incluida la capital.
-          Nunca nos tocó la lotería, pero sí un vertedero.

El caminante, que ya tiene seguro que aquel buen hombre no va a perder el tiempo en buscar su mesa electoral, se despide de él y comienza la tarea.

Sale del caserío con rumbo NE, por un camino que va tomando altura sobre la población. Media hora después, el camino pierde la traza en los verdes herbazales de un pequeño collado, donde un bóreas helador obliga al caminante a sacar guantes y cortavientos. Eludiendo los tramos alagados por los manaderos, baja por la ladera en busca del camino carretero que, a contracorriente, acompaña al río Voltoya. En el horizonte, sobre la cuerda de la sierra, docenas de aerogeneradores que, quizá por la distancia, giran en silencio.



Sin camino, atraído por el cerrado soto y el rumor de la corriente, el caminante baja hasta la orilla del río, la cual, para desgracia de los visitantes, está custodiada por una valla de alambre que recorre las dos orillas. Varias son las veces que se arrastra bajo la alambrada para entrar y salir del coto, hasta que llega a un punto donde las rocas impiden el paso. Busca, entonces, la segura compañía del camino, que ya no abandonará hasta el lugar donde aquél y el río se encuentran en un vado. Es entonces cuando debe decidir si seguir la traza que se marca al otro lado de la corriente, o continuar, como hasta entonces, por su margen izquierda. Es el aspecto lodoso del vado, pisoteado por el ganado, lo que decide al caminante a no vadear el río y seguir, sin camino definido, avanzando a media ladera.








Tras el último meandro, con el soto rodeado de negras vacas, el caminante se encuentra con la pared de la presa de Serones. Por una deteriorada escalera de cemento, sube hasta la altura del agua. Ahora, por una estrecha pasarela metálica, pasa al otro lado del embalse. Desde allí, dejando la lámina del embalse en el fondo del valle, la ruta prosigue por la parte septentrional de la cuenca del Voltoya, sobre los caminos utilizados para una reciente repoblación forestal. Hace un alto en la marcha para intentar contar los molinillos que festonean la línea de cerros y que, ahora sí, bufan como bestias heridas. El poder hipnótico del giro constante de las aspas le hace perder la cuenta en dos ocasiones, y es entonces cuando entiende el lance de Alonso Quijano con aquellos otros molinos, menos sofisticados, que él veía como gigantes.





Es la hora de la comida. Al amparo generoso de la Peña de la Mora, entre tomillos, cantuesos y peonías, monta el real y descansa durante media hora. Antes de reanudar la marcha, revisa los mapas para localizar el siguiente hito de la jornada. En la ladera, en la base de un resalte de cuarcitas llamado Peña Mingovela, se encuentra un abrigo rocoso utilizado por el hombre desde hace unos siete mil años, aunque las pinturas más antiguas están datadas en el final de la Edad del Bronce. En el vallejo del arroyo del Corral Hondo, a escasos novecientos metros de su encuentro con el Voltoya, el caminante distingue con claridad la situación del yacimiento. Una empinada senda se marca en la base del farallón rocoso.




Su orientación noroeste impide la entrada de los rayos de sol dentro del abrigo rocoso, y quizá esta situación haya permitido que las pinturas hayan llegado hasta nuestros días. Resulta dificultoso, a la vez que estimulante, localizar, sobre los paños de las rojizas cuarcitas, las figuras zoomorfas y antropomorfas pintadas con pigmentos rojizos, anaranjados y ocres. Un cartelón apoyado en la roca explica sucintamente las características esenciales de las pinturas. Al caminante, tras el paseo por la prehistoria, le resulta triste abandonar el lugar, pero aún le queda media legua para llegar a Ojos-Albos, y una más para llegar al final del recorrido.






En la plaza de Ojos-Albos, bajo la sombra nueva de un pequeño jardín, incrustado en los sillares graníticos de una recia fuente, la cabeza de un león de bronce calma la sed del caminante. Antes ha tenido que retirar una cántara llena de leche, que algún ojoalbino, que no apareció, tiene bajo las fauces del león para refrigerar el contenido. Tras ruar por las solitarias calles, toca ahora, en dirección al meridión, bajar en busca del Voltoya.


Por las herbosas parameras progresa el caminante hasta el verde soto del río. Tras el paso por un vulgar puente de viguetas, una pista derecha como el cordón de una lámpara lleva al caminante hasta la curiosa excentricidad de la espadaña de la iglesia de San Miguel Arcángel, ya en Urraca-Miguel. Entretanto Eolo, recalcitrante, sigue soplando sobre los cerros, para que los roncos bufidos de los aerogeneradores se conviertan en energía eléctrica.   





DOR.