¿Reajo? El caminante, desconcertado, no
logra encontrar un significado claro y definitorio de la palabra. El DRAE,
solícito con vulgarismos y barbarismos, se muestra remiso ante una voz que aparece
con frecuencia en los mapas de nuestra geografía, y que parece ser una
paranomasia del término regajo, que
sí es aceptado y al que, en su primera acepción, define como “charco que se forma de un arroyuelo”, y
en una segunda “arroyo pequeño”. Es
la casualidad la que lleva al caminante al Diccionario de Voces Riojanas, que,
en concordancia con el DRAE, recoge el término definiéndolo como: “río con muy poco agua”. El localista
Diccionario Neilense (Neila, Burgos), aumenta su desconcierto, pues allí llaman
reajo a un prado pequeño. Y por fin, Manuel Alvar Ezquerra, en su
Diccionario de Madrileñismos, recupera el vocablo usado en Canencia y
Cercedilla: “bajo, praderas por donde
escurre el agua sin acumularse”. Aunque es
cierto que todas y cada una de las definiciones apuntadas podrían servir para
el lugar, pues el caminante va a encontrar, en un mismo lugar, prados, arroyos
y lagunillas estacionales, ninguna lo hace como referencia a una elevación
montañosa. En La Rioja, en Soria y, sobre todo, en Madrid es frecuente
encontrar el topónimo. En la comunidad madrileña existen, según el IGN, quince
reajos diferentes: cuatro corrientes fluviales; tres
poblaciones/urbanizaciones; tres elevaciones orográficas; tres lugares/parajes;
y una llanura/raso.
San Mamés, originariamente un asentamiento
de colonos segovianos, perdió su independencia territorial a finales del siglo
XX. En un censo realizado en 1857 todavía aparece como población independiente,
y es en junio de 1998 cuando, por interés administrativo, se fusiona con la
vecina Navarredonda, con el resultado del nuevo municipio: Navarredonda y San
Mamés. Recostado sobre la vertiente meridional del los Montes Carpetanos, el
municipio bicípite extiende su termino municipal aferrándose a las laderas del
Lomo Gordo y del Reajo Alto. De las entrañas del primero mana el arroyo que,
media legua más abajo, se lanza al vacío en el despeñadero más alto de la
Comunidad de Madrid: la Chorrera de San Mamés.
Después de dos meses a las puertas del
mismísimo báratro, San Lorenzo, en el que se supone el día más caluroso del
año, echa agua a los tizones de la parrilla. Es entonces, cuando alborean un
par de jornadas en las que las previsiones apuntan una bajada de temperatura de
unos diez grados. Tan inesperado pronóstico dispone la voluntad del caminante
que, en apenas un par de horas, dispone mapas y apechusques para, en el día
posterior al del mártir, subir hasta la divisoria de aguas de las provincias de
Madrid y Segovia.
Tras abandonar la N-1 -antigua carretera
de Francia- en Buitrago del Lozoya, llega el caminante a San Mamés en una
mañana en la que, a mediados de agosto, el termómetro marca… ¡siete grados! Las
acicaladas callejas que, con un trazado arbitrario, conforman el caserío, no
son la mejor propuesta para apear la maquina infernal. Para sosiego de
visitantes, la solución está en el solar terrizo que el ayuntamiento, con buen
criterio, tiene habilitado como aparcamiento. Tras el único trámite de cruzar
la carretera que va a Navarredonda, el caminante se orienta al septentrión por
una calle donde, a ras del suelo, se encuentra una fuente que el municipio, con
una tablilla de madera grabada a fuego, reputa como celta. En un cruce de
caminos, junto a la última explotación ganadera, el caminante sale de la sombra
de los rebollos que protegen el camino. Entra éste en una zona en la que el
carboneo, actividad que se prolongó hasta la segunda mitad del pasado siglo, condicionó
el paisaje. Tras media legua por el polvoriento solejar, con la temperatura en
ascenso, llega al lugar donde un esbelto pinar se adueña de la ladera. Bajo su
cerrada sombra, tras pasar una fuente, la excelente pista va tomando altura.
Llega el camino hasta una cerrada curva, donde un mojón de granito señala el
lugar como la Puerta de los Carpetanos, apelativo quizá pretencioso teniendo en
cuenta que la alineación montañosa -con casi diez leguas de longitud- dispone
de más de una puerta para acceder al cordal.
El caminante ignora el camino que, por la
izquierda, se inicia junto al hito, el cual, en un recorrido de un cuarto de
hora, lleva hasta la base de la chorrera. Si todo corre según lo previsto, será
su camino de vuelta, ya que su plan consiste en llegar a la cascada por su
parte superior. Deja atrás el cruce de caminos y continúa por la pista, siempre
bajo la protectora sombra del pinar, hasta la cota 1550 donde un cortafuego trepa
por la empinada ladera. Con desniveles de hasta el 40%, la exigente subida pone
a prueba la férrea disposición del caminante. Superado su tramo más duro, el
cortafuego gira en dirección al ocaso, ahora con la redondeada cima del Lomo
Gordo en el horizonte.
En un último esfuerzo, llega el caminante
hasta el vértice geodésico del pico, cuyo cipo, otra víctima más de los
vándalos, yace en el suelo a la espera de la oportuna rehabilitación. Por la
ceja de la ladera segoviana, más abrupta y peñascosa, se dirige hasta el
refulgente verdor del vallejo donde se forma el arroyo de Peña Negra. En el
cervunal, bajo los riscos de la Peña del Buitre, no es difícil encontrar restos
recientes de la muda de las rapaces que anidan en las rocas. Desde el balcón de
la peña, con la dorada llanura segoviana en el horizonte, se distinguen, entre
otros, los municipios de Ceguilla y Navafría. Entre un mar de piornos, vuelve
el caminante a la parte madrileña, donde aguarda el último hito de la jornada: el
geodésico que marca los dos mil cien metros del Reajo Alto. Se trata, además,
del punto intermedio del largo cordal que, desde el puerto de Somosierra hasta
el collado de Quebrantaherraduras, se dibuja sobre cimas y collados de los
Montes Carpetanos. Desde allí, ya todo será descenso.
Abandonado el cordal, con la azulada
referencia del embalse de Riosequillo, orillado al muro lindero del municipio
de Lozoya, comienza el caminante un suave descenso hasta llegar a un soleado
sestil donde dormita un hato de vacas. Pasado éste, un nuevo cortafuego se
aleja del camino en dirección al saliente, por el que, sin camino definido,
llega hasta la pista horizontal que recorre la ladera y que, de seguirla, en un
recorrido de casi tres leguas, llegaría hasta el Puerto de Peña Quemada, ya en
el término de Braojos. Tras un quilómetro por la pista, el caminante se deja
llevar por una senda que, trabajosamente, baja junto a la margen derecha de un
arroyuelo. La densa vegetación le obliga a cruzar la menguada corriente en
varias ocasiones, hasta que la senda se encajona entre la corriente y una valla
metálica, que ya será compañera de viaje hasta la pontana que salva el arroyo del
Chorro. Ahora por la margen izquierda, siguiendo una senda más transitada que
la anterior, el terreno comienza a enriscarse, hasta llegar a la parte alta de
la chorrera.
El agostado entorno y el estiaje de la
corriente no restan interés al lugar. El cristalino chorro, tras veinte metros
de caída, rompe sobre las bruñidas rocas de la base para, a continuación,
perderse entre el bosque de ribera en busca del caserío de San Mamés.
Reconfortado por la refrescante humedad del lugar, el caminante llega al mojón que
encontró al inicio de la ruta. Antes de salir de la densa sombra del pinar,
repone agua en la fuente por la que pasó por la mañana.
Si la mañana estuvo fresca, el resistero
de medio día parece poner plomo en los pies. Bajo la sombra de un rodal de
rebollos, hace el caminante la parada de la comida. Tras el merecido descanso,
por un camino que sigue el diligente discurrir de de un caz de claras aguas,
tomadas del arroyo, llega hasta el conjunto formado por la iglesia y por el
antiguo cementerio de San Mamés. La fuente, el jardinillo encerrado tras la
verja y el obligado silencio de los que allí reposan, invitan al caminante a
permanecer unos minutos en el lugar. Bajo la reconfortante sombra, antes de tomar
el camino de regreso a La Corte, la última revisión a los mapas para comprobar
que, además del Reajo Alto, existen: el Reajo Capón y el Cancho de Reajo Hondo,
como resaltes montañosos; los arroyos de Reajo Alto, Reajo Sastre y Reajo Hondo;
y como remate la fuente de Reajocil. Todos ellos en la reducida superficie de
unas cuatrocientas hectáreas.
Y mientras tanto, la RAE dando lustre al
idioma aceptando, entre otras: moniato, murciégalo,
vagamundo, madalena, otubre, toballa y dotor. O sea, el acabose.
DOR
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