Con objeto de dar merecido sosiego a la máquina
infernal, el caminante, sirviéndose del transporte público, se dirige a un
lugar tan cercano a la Corte, que parece que en su término municipal no existen
caminos agrestes y dificultosos. El tercer martes de este noviembre atípico, de
temperaturas de avanzada primavera más que de otoño, lía el petate y, en uno de
los muchos trenes que, a diario, avecinan el terreno serrano a la capital, se
dirige a la estación de Villalba.
El tren que, a su paso por el monte del Pardo, ha
mostrado la naturaleza en forma de manadas de ciervos pastando bajo las
encinas, llega a la estación entre las prisas de aquellos que, a esas tempranas
horas, comienzan sus aferes. Ahora, el caminante debe buscar el lugar de
partida de un autobús local, de recorrido circular, que, si todo sale como
espera, lo llevará hasta el lugar donde tiene previsto iniciar la jornada. En
un incesante trasiego, los viajeros suben y bajan para llegar a los lugares más
significativos de Collado-Villalba. En los veinte minutos que dura la tournée
por el municipio, el caminante queda enterado de la ubicación del polideportivo,
del tanatorio, del hospital, del camposanto,… Tras el exhaustivo conocimiento
del lugar, llega el momento de apearse en los confines de una urbanización de
solitarias calles. A escasos metros, en un cambio radical, termina el urbanismo
asfaltado y comienza el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares.
En subida constante, el camino avanza entre
coscojas y enebros. Un perseverante ruido de maquinaria pesada llama la
atención del caminante que, curioso, se upa sobre una loma para conocer el
motivo de la batahola. El asunto no es otro que los trabajos del Canal para la
renovación de la conducción de agua de Hoyo de Manzanares, que sigue la linde
del carril. Es justo en ese punto donde el caminante abandona la bondad del
camino para comenzar la subida hasta la cuerda de la Sierra de Hoyo de
Manzanares.
Envuelto en el dulzón aroma del ládano, el
camino, ahora apenas una senda, se abre camino entre berruecos y jarales.
Acomodada al terreno, la senda va buscando los mejores pasos en un deleitoso
laberinto granítico, hasta llegar al balcón natural del Canto Hastial. Su
altura no llega a los mil cuatrocientos metros, pero tiene una de las mejores
vistas panorámicas sobre la Sierra de Guadarrama. De derecha a izquierda, desde
La Najarra hasta Las Machotas, la línea de elevaciones y collados es
perfectamente identificable: Asómate de Hoyos, Cabezas de Hierro, Guarramillas,
La Maliciosa, Siete Picos, La Peñota, Abantos, Las Machotas,…
Siempre se ha dicho que la curiosidad mató al
gato. En su regreso desde el miradero al camino marcado en su ruta, se
encuentra con una valla de alambre de espino, con unas tablillas, situadas cada
cierto trecho, cuyo ilegible texto hace imposible saber cual es la actividad
protegida en el recinto vallado. ¿Cómo salir de dudas? Está claro que saltando
la valla. El caminante recurre a un hueco por el que, según las huellas, resulta
evidente que no va a ser el primero en pasar al otro lado. Cuando solamente ha
caminado unos doscientos metros, un guirigay de disparos se apodera del
ambiente. Teniendo en cuenta que el lugar no parece de caza mayor y menos zona
de ojeos, al caminante comienza a maliciar que pueda tratarse de un campo de
prácticas de tiro. Es en ese momento, cuando el tiroteo parece que está a
escasos metros, cuando decide que es mejor regresar a lugares más seguros. Al
volver a pasar la valla, una tablilla cuyo texto sí ha aguantado la agresión
del sol y la lluvia, aclara el motivo de los disparos: Peligro, zona militar.
Tras el sucedido, el caminante, entre tolmos y
jaras, se encamina hasta un mirador -esta vez obra del hombre- levantado junto
a las ruinas de la Casa de Peñaliendre. En sus inmediaciones se forma el arroyo
del mismo nombre que, durante un buen tramo, acompañará a la senda que se
orienta en dirección SO. En algunos tramos, por efecto de las lluvias, el
camino se encuentra muy por debajo del nivel del terreno, lo que hace dificultoso
caminar por tan angosto tajo. En las inmediaciones de una chopera, un
manantial, escondido junto al arroyo, permite al caminante refrescarse y
reponer agua.
Es la hora de la comida y no hay mejor lugar,
sobre todo en día no festivo, que la Cascada del Covacho. Un par de pequeños
saltos de cristalinas aguas y una recia mesa de granito, conforman un lugar al
que la escasez de agua no resta ningún encanto. Tras el descanso, ahora por un
camino de buena traza, el caminante se adentra en una zona de pinos, antesala
del lugar donde los operarios del Canal siguen con su trabajo. Y por el tramo
ya conocido en la mañana, llega a la civilización.
Una corta espera, y otra vez el autobús local,
esta vez en sentido inverso, que lo llevará hasta la estación. Desde allí, el
regreso a la Corte en un tren donde los escasos viajeros, seguramente cansados tras
sus ocupaciones diarias, dormitan acunados por los tibios rayos de sol que
entran por las ventanillas.
DOR