lunes, 9 de mayo de 2022

¿VALDESOTOS?

Mapa del recorrido.


Hará bien el lector en extrañarse por la interrogante del título. Lo mismo le ocurrió al caminante cuando, una vez terminada la jornada, al ruar por las calles del lugar, reparó que algunas de las tapas metálicas de la red de saneamiento presentan, de manera clara y en un palmario singular, Valdesoto como nombre de la localidad. ¿Desbarro del edil que encargó el trabajo? ¿Error de la fundición torrijeña? En cualquiera de los casos, resulta extraño que se admitiera un resultado indeseado y tener sobre el asfalto de las calles un nombre incorrecto. ¿O es que, en algún momento, el topónimo fue  diferente al actual? La resolución del enigma seguramente resulte imposible, pero el caminante empleará parte de su tiempo en el empeño.

 

Nada histórico encuentra en la lacónica y huera información del Ayuntamiento. Habrá de porfiar en la que ofrecen las históricas antologías catastrales y otras obras de consulta publicadas a lo largo del tiempo. Comienza el caminante en el siglo XIX, con la consulta del Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal, trabajo de Sebastián de Miñano, obra de varios tomos que se comenzó a editar en 1826, en la que la localidad, en clara diferencia a la denominación compuesta actual, se nombra como VAL DE SOTOS, reseñando, además, interesante información: “Villa Realenga. Reino de España, provincia y partido de Guadalajara, arzobispado de Toledo; Alcalde ordinario. 50 vecinos, 226 habitantes, 1 parroquia. Situada en medio de varias cuestas y solo tiene un boquete al este. A orillas de este pueblo pasa un arroyo que desagua en el Jarama, que dista 1/4 de legua. Produce vino, trigo, cebada, centeno, garbanzos, patatas, frutas y hortalizas. Tiene un pedazo de monte de encina que produce bastante bellota y se cría ganado cabrío y ovejas churras. Industria: un molino. Distan 7 leguas a la capital. Contribución 1383 reales y 6 maravedises (sic)”.

Encontrado un primer indicio diferenciador, sigue la búsqueda en el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, obra de Pascual Madoz, editada entre 1846 y 1850, en la que también aparece como VAL DE SOTOS. La reseña informativa resulta más completa e interesante que la anterior: “Ayuntamiento en la provincia de Guadalajara, partido  judicial de Tamajón, audiencia territorial de Madrid, diócesis de Toledo. Situada en un barranco, circundada de cerros y bañada por un arroyo, goza de clima templado y sano; tiene 40 casas, la consistorial con cárcel, una iglesia parroquial, Santa Catalina, servida por cura y un sacristán. Confina el término con los de El Vado, Retiendas, Bonaval, Puebla de Valles y Tortuero. Dentro él se encuentran varias fuentes de buenas aguas. El terreno, bañado por el indicado arroyo y por el río Jarama, es quebrado y áspero en su mayor parte. Tiene una dehesa poblada de roble. Los  caminos locales son de herradura. El correo se recibe y despacha en Cogolludo. Produce cereales, legumbres, hortalizas, leñas de combustible y buenos pastos con los que se mantiene ganado lanar y vacuno. Abunda la caza de perdices, conejos, liebres y jabalíes y la pesca de truchas, barbos, y bogas. Un molino harinero y una fábrica de carbón de piedra. Exporta el sobrante de sus frutos e importa los artículos que le faltan. Población: 27 vecinos; 128 almas”. De la información, destacar la relevante enumeración de los linderos de levante, en los que diferencia Retiendas y Bonaval, éste último el monasterio cisterciense que, desde 1164 cuando la corona concedió los terrenos de aquel buen valle, fue creciendo con las donaciones de particulares que, de ésta forma, aspiraban a salvar su alma. Antonio Herrera, en su libro Monasterios Medievales de Guadalajara, trascribe la carta fundacional del monasterio. Y en ella, en la pormenorizada exposición de los deslindes, encuentra el caminante una nueva versión del topónimo de Valdesotos:”…desde la Yglesia de Arretiendas (Retiendas), directamente asta el molino del lugar de Tamajón situado en la sierra, y por otra parte desde la misma Yglesia en derechura hasta el camino de Guadalaxara, como corrían las aguas en el término de la villa de Uzeda, y a la otra parte desde el VALLE DE SOTOS (Valdesotos) hasta la sierra de Elvira…”   

Aunque el asunto, en vez de esclarecerse, se complica con cada consulta, el caminante hace otro intento viajando hasta el siglo XIV, para sumergirse en las páginas en el Libro de la Montería. En concreto en el volumen II de la obra, en el capítulo XII, relativo a los montes de Ayllón. Y será aquí donde encontrará el topónimo más parejo al encontrado en las tapas del saneamiento. Veamos: “El Castellejo, et Sobre Peña, et el arroyo de Sanct Andrés, que es cabo Buenaval, es todo un monte, et es bueno de oso, et de puerco en ivierno. Et son las vocerías, la una desde la Cabeza de la Obra el lomo arriba de la Mata del Riscal fasta el colladiello del Mulo: et desde el colladiello del Mulo fasta la Fojeda del Tornero, et dende fasta las Navazuelas, et desde las Navazuelas por el Rostro de la Moheda fasta la Llana; et dende fasta las Fontaniellas de VAL DE SOTO, et fasta el Moliniello: et la otra desde Covarron fasta Vil de la Cueva, et dende fasta la Cabezuela del Lobo: et desde la Cabezuela del Lobo fasta el Alanchete, et dende fasta el Lavajo del Puerco. Et son las armadas, la una al Paso Bueno, et la otra al collado de Sanct Andrés. Et la otra á la Cabezuela de Pero Quesada. Et la primera vez que corriemos este monte matamos en él tres osos, et dos puercos. Et este monte es cabo del Monesterio de Buenaval”.

Y por si fuera poco, el Catastro del marqués de la Ensenada, en el tiempo en que, para establecer una única contribución, se catastraron todas las poblaciones de la corona, añade una inesperada desemejanza: “En la villa de BALDESOTOS, a cuatro días del mes de junio, año mil setecientos cincuenta y dos, el señor D. Domingo Pétriz, juez subdelegado para el establecimiento de la única contribución que S.M. (Dios le guíe) quiere establecer en todos sus reinos y señoríos…”         

A la vista de las indagaciones, el resultado no ha podido ser más decepcionante. A lo que empezó siendo una incertidumbre entre el Valdesotos actual y el Valdesoto de la tapa de registro, se unen el Val de Sotos de los diccionarios de Sebastián de Miñano y de Pascual Madoz, el Valle de Sotos del acta fundacional de monasterio de Bonaval, el Val de Soto del Libro de la Montería y el Baldesotos del Catastro de Ensenada. Demasiadas variantes para el caletre del caminante. 

Antes de llegar al momento en que, ya en la tarde del sexto día de abril, reparó en la dichosa tapa del pocillo, el caminante hubo de madrugar para comenzar el afán del día, pues Valdesotos se encuentra muy a trasmano de las grandes vías de comunicación. Siguiendo el consejo ¿? de la señorita del GPS, opta por llegar al lugar valiéndose de la N-1 hasta la salida 49. Tras pasar Torrelaguna y Patones de Abajo, antes de llegar al lugar de la presa del Pontón de la Oliva, una carreterilla cruza el cauce del Lozoya y se adentra en la provincia de Guadalajara. Recorrida legua y media, tendrá que estar atento para no sobrepasar el desvío que, solamente, anuncia la localidad de Valdepeñas de la Sierra. Serán quinientos metros más adelante, en un nuevo cruce, donde, ahora sí, los nombres de Tortuero y Valdesotos se hacen presentes en la cartelería. Por el asfalto del nuevo vial, en una manifiesta subida, resuella la máquina infernal hasta llegar al quilómetro cuatro, donde una vía de servicio del Canal de Isabel II se aparta por la derecha. Además de los viejos carteles que indican la dirección hacia Valdesotos y Puebla de Valles, otros nuevos informan que la circulación está prohibida a los vehículos ajenos a las instalaciones del Canal. El caminante, confuso ante la novedad, vuelve a solicitar la ayuda de la señorita del GPS, que, seguramente sin tener conocimiento de la nueva norma, persevera en que ese es el camino. Con inquietud, en un somero vistazo a un mapa de carreteras, comprueba que retroceder y buscar una nueva ruta alternativa, multiplica por seis el recorrido de los escasos siete quilómetros de la vía de servicio. La decisión está clara; lo único que puede pasar es que alguien le haga retroceder, si es que puede dar la vuelta, pues el vial, con un firme manifiestamente mejorable, es tan estrecho que duda que dos vehículos puedan cruzarse. Serpeando entre barranqueras, da servicio de mantenimiento al Canal del Jarama, conducción que toma sus aguas del embalse de El Vado que, a su vez, mediante otro canal, las recibe del Pozo de los Ramos, en la cuenca del río Sorbe. Durante el recorrido pasará sobre algunos de los inmensos tubos de los sifones que salvan los barrancos. Nadie ha salido a su encuentro. Por fin en la carretera que viene de Puebla de Valles, toma a la izquierda hasta llegar a Valdesotos donde, siguiendo la moda impuesta últimamente, una barrera impide el paso a los no residentes. En un aparcamiento terrizo, habilitado por el municipio, apea la máquina infernal. 

En una acicalada plazuela, hermoseada con varias tinajas y un muestrario de viejas colmenas de tronco, una fuente mana con sorprendente brío. Es tanta la fuerza del caño que parece que tiene la intención de levantar el vuelo. Un vecino, de la veintena que forman en censo invernal, que ha comenzado a trajinar a tan temprana hora, aclara el hecho y la bondad del agua:

-          Las abundantes lluvias de estos días, y la diferencia de nivel con el acuífero, que está en la ladera del cerro, hacen que salga con tanta presión. El agua se puede beber con toda confianza.


Del muro de poniente de la iglesia de Santa Catalina, el que sujeta la espadaña de dos huecos y una sola campana, sale un camino enlosado de pizarra, del que, por la izquierda, se desgaja una senda que sube por el borde del barranco. Es la traza del GR-10, que coincide con el antiguo camino de Tortuero. Durante el ascenso, y a la vista de los innumerables manaderos, que hacen que la senda parezca un arroyuelo, el caminante, recordando el testimonio del valdesotero, barrunta que los arroyos de la ruta llevaran más caudal del esperado. Antes de volcar el cerro, a dos centenares de metros de la raya que separa los términos municipales, echa la última mirada sobre el caserío de Valdesotos.


Ya sobre el término de Tortuero, un vallejo de formas suaves se abre ante sus ojos. Hacia levante, entre tierras de pan llevar, ogaño en rastrojo, desciende la corriente del Barranco del Despeñadero, nombre que toma del salto que queda a manderecha. El camino, en ligero ascenso, sigue hasta el collado desde donde se hace visible la localidad de Tortuero. Entre astrosas corralizas, llega el caminante hasta el arrabal de la localidad. Un vado cementado permite, a los vehículos, salvar la corriente del arroyo de la Concha. Para los no motorizados, un puente medieval, en pronunciado lomo de asno, permite la entrada en el caserío de la localidad. El puente, con evidentes signos de tener el arco original modificado, quizá por causa de un derrumbe, se encuentra apuntalado con un grueso muro de mampuestos, que le añade galanura y seguridad. Es el lugar perfecto para echar las once. Corriente arriba, a medio centenar de metros por una herbosa senda, la piscina municipal ancla sus cimientos en el curso del arroyo.







Continúa el caminante por las solitarias calles, donde el silencio reinante ha sido alterado por la estridente bocina de un frutero ambulante. Deberá seguir sobre el asfalto de la carretera, hasta llegar a un puente que salva la corriente de un arroyo. Pasado aquél, sobre el tronco de un viejo chopo, la marca del GR vuelve a hacerse visible. Es el momento de abandonar el asfalto. Siempre hacia poniente, el sendero lleva al caminante sobre un terreno pizarroso, donde solo prospera el jaral. Tras diez minutos de marcha, pondrá su atención en no sobrepasar una vereda que, abandonando el GR, toma en dirección al septentrión. La aspereza del paisaje resulta opresiva. Calizas y pizarras se alternan en tesos y cuchillares, donde algunas manchas de pinar de repoblación ponen la nota discordante a la ya citada primacía del jaral.




 

En un continuo subir y bajar, moviéndose siempre en un terreno de alturas de poco más de mil metros, llega el caminante a un vallejo por donde corre un arroyo de claras aguas que da vida un pinar. La vereda acompaña a la corriente por su margen izquierda, hasta llegar a la corriente del arroyo de la Concha, el mismo que en Tortuero llena la piscina municipal. La distancia a la otra orilla, por donde continua la senda, le obliga a descalzarse. Al tiempo que cruza el pizarroso cauce, cavila en que, según lo previsto, aún le quedan un par de arroyos por vadear. Tras el fresco soto del arroyo, vuelve el caminante a la sencillez paisajística del monte bajo; vuelve el subir y bajar y vuelven las barranqueras erosionadas por los arroyos, hasta que una vereda, que, a través de un pinar, corre por la curva de nivel, lo saca hasta la revuelta de la pista, de excelente piso, que recorre gran parte del Parque Natural. Por ella, en un merecido descanso, caminará, bajo la sombra del pinar, durante hora y media. En la cerrada curva en que la pista inicia el descenso hacia el arroyo del Hondo, el caminante sube hasta un otero desde se domina un primer valle, de los tres que tendrá que atravesar.











 

Con la referencia de las ruinas de unas viejas tenadas, el caminante, sorteando el espeso jaral, desciende por la ladera. Una vez en el fondo del valle, toma el camino que sube y baja hasta el arroyo del Hondo. La corriente, menos intensa que la anterior, le permite vadearla sin tener que descalzarse. Es la hora de la comida, y el herboso zopetero de la orilla izquierda parece el lugar adecuado para hacer un descanso. Aligerada la mochila, y superado el segundo valle, campo a través realiza un complicado descenso hasta llegar al arroyo de la Garzachuela, donde, además de no resultar sencillo encontrar un paso entre la abundante vegetación, la corriente le obligará, de nuevo, a echarse las botas al hombro. Por fin en la orilla siniestra, repasa los mapas. La proximidad entre las curvas de nivel predice que deberá enfrentarse a la parte más escabrosa de la jornada. El Garzachuela, que ha ido recibiendo aportaciones de varios tributarios, presenta una vigorosa corriente. El rumbo, cada vez más dificultoso, se complica definitivamente al llegar a una zona de paredes rocosas, donde la progresión resulta embarazosa. Al otro lado, una trocha se dibuja sobre un balcón rocoso. El caminante entiende que al otro lado está la garantía de poder seguir junto a la corriente, pero la violencia de los rabiones, y las resbaladizas rocas, le van a impedir saltar al otro lado.










El crepúsculo ha dejado el profundo barranco en penumbra y el caminante debe tomar una decisión si no quiere quedarse sin luz. Retrocede un centenar de metros y comienza la ascensión hacia la parte alta del barranco de la margen izquierda. Una vez arriba, recuperado el resuello, desciende por una loma en busca de una salida viable. Zigzagueando por la ladera, el caminante logra llegar hasta el camino señalizado que viene de Valdesotos; camino que le permite llegar, ahora corriente arriba, hasta el cauce del arroyo, donde la naturaleza se exhibe en dos interesantes chorros. Uno estacional, el del arroyo del Carrizal, que, en una caída de unos seis metros, se precipita sobre la corriente del de la Garzachuela. El otro, en el curso de éste último, es el llamado chorro de Valdesotos, que rompe en una profunda poza a la que solo se puede llegar a través de la corriente. El caminante, al que se le acaba el día, descarta la idea de desnudarse de cintura para abajo para acercarse al rompedero.



El camino hasta el pueblo puede considerarse un paseo fluvial, en el que, además de la vegetación propia de los sotos ribereños, se encuentran algunas encinas de estimable porte. A doscientos metros de la localidad, el caudal del Garzachuela se une al del arroyo Palancares –del Palancar le dicen en los mapas antiguos-, y ya cerca de las primeras casas, un puente de cemento de barandas metálicas salva la vigorizada corriente. Valdesotos sigue en el mismo silencio que en la mañana. Nadie en las calles. Según cuentan, en Puebla de Valles a los valdesoteros les llamaban cucos, pues, dicen, se escondían en sus casas cuando llegaba un forastero. Bajo la protección de una impresionante noguera, a la que, con un cipote de mampuestos, han apuntalado una de sus ramas, una mesa de piedra, en la que es posible quepa el censo vecinal, aguarda la celebración de alguna fiesta patronal. Más abajo, frente al lugar donde quedó la máquina infernal, un cartel de madera anuncia la venta de miel. Y el caminante, que no puede resistir la tentación, sacude la campanilla de la cancela y, tras una amplia charla y un breve trato, asoma en La Corte con tres botes de quilo, lo que le asegurará el consumo durante unos meses.






            

DOR.

lunes, 31 de enero de 2022

LA GARGANTA DE IRUELAS

En la ladera norte del Puerto de Casillas, limitado por la divisoria de aguas que forman el Cerro de la Escusa, el propio puerto y el Alto del Mirlo, un amplio valle desciende, en un recorrido de casi dos leguas, hasta el curso del río Alberche, cuyas aguas, desde 1913, se rebalsan en el embalse de El Burguillo.

Hace sesenta millones de años, no existía el Sistema Central, ni, por supuesto, el cordal que cierra el valle por su parte meridional. Las presiones de la placa euroasiática, por el norte, y africana, por el sur, produjeron una serie de plegamientos en la península ibérica. La colosal compresión, no sólo afectó a los bordes de la placa ibérica –Pirineos y cordilleras béticas-, sino que, en el centro de la península, el Sistema Central se elevó sobre la meseta castellana. En este proceso de elevación y hundimiento del terreno, se produjeron fallas y fracturas, por donde buscaron salida los cursos de agua. Por una de estas quiebras, la llamada falla de Herradón-Casillas, traza su curso la Garganta de Iruelas. Desde 2015, la garganta está declarada Reserva Natural Fluvial.

En el manto de roca ígnea, en el que la naturaleza asentó el valle, proliferan los berruecos graníticos, obligando a los cursos de agua a buscar salidas insólitas, que dan forma a un sinnúmero de saltos, pozas y rápidos, que hermosean el paisaje. Aunque podría decirse que, actualmente, el grado de naturalidad es alto, sobre todo desde que desaparecieron las tres piscifactorías que existían en el valle, aún quedan seis azudes –la mayoría sin uso actual- que son barreras inabordables para la fauna piscícola. Las reducidas dimensiones de la reserva -8828 Has-, y su complicada orografía, hacen posible diversos microclimas que alojan una variada vegetación. Alisos y fresnos se disputan las frescas riberas de los cursos de agua. Desde el Alberche, la brusca variación de alturas -1300 metros de desnivel-, irá modelando la vida del bosque, pasando de los enebros de las zonas bajas a los cambronales y piornales de las cotas altas. Entre unas y otras, en gozosa diversidad, medran las repoblaciones de pino resinero, algunas manchas de pino silvestre, así como contados ejemplares de cascalbos. Llamativos resultan los rodales de añosos robles, en los que, sin signos aparentes de podas, llaman la atención algunos ejemplares de gran porte.

Aunque más abajo seguirá recibiendo la aportación de numerosos tributarios, la garganta toma caudal en la cota 900, en lugar denominado Las Juntas. Por encima de esta cota, un entramado de barrancos, la mayoría de corriente estacional, nutren de caudal al curso principal. Desde el cerro de La Escusa, hasta el de La Encinilla, un abanico de arroyos se extienden por el cóncavo que forma el cordal. 

En el Valle de Iruelas, además del omnipresente granito, aparecen otras rocas metamórficas, sobre todo en las cotas más altas. El caminante, en la ladera de la Cabeza de la Parra, hallará varios peñascales de gneises de diferentes tonalidades, en los que sus componentes, a diferencia del granito, se presentan en forma de bandas con colores claramente diferenciados.

A principios del siglo pasado, como así lo atestiguan los viejos mapas de la época, la garganta era el paso más corto entre los valles del Tiétar y del Alberche, formando parte del itinerario local que unía la ciudad de Ávila con la localidad de Sotillo de la Adrada. En la actualidad, la carreterilla, de traza sinuosa y firme deficiente, llega hasta la cota 1000, en la nombrada curva de Candeleda. A partir de ahí, será una pista terriza la que llegue hasta el puerto. 

Falta un día para terminar este 2021,…que Dios confunda. La noche anterior, con la ilusión del primerizo y con el regomello de la incertidumbre, ha preparado los archiperres necesarios para la ocasión. La vacilación es la resultante de la información, quizá confusa y deficiente, relacionada con la prohibición de paso por determinadas zonas de la garganta, debido, entre otras causas, a su actual condición de zona ZEPA y albergar el área de nidificación de buitre negro más importante de Castilla y León. Dependiendo de las experiencias de cada cual, las opiniones son diversas, y el caminante las ha encontrado de todos los colores. Desde los que afirman haber sido reconvenidos por algún guarda forestal, teniendo que modificar parte de la ruta, hasta los que aportan fotografía de carteles, en los que la prohibición sólo se refiere a determinadas fecha del año (1 de febrero al 31 de mayo y del 1 de septiembre al 15 de octubre). Una reseña de un agente medioambiental – sin identificar - acaba con la porfía, aportando una información, que aparenta ser categórica, y cuyo literal es el que sigue: “Parte de esta ruta transcurre por zona de reserva y en cualquier época del año es necesario autorización de la Junta de Castilla y León. Realizarla sin autorización es considerado infracción y podrá ser sancionado según la normativa vigente. En el Centro de Interpretación la Casa del Parque disponen de información y planos detallados de las rutas que se pueden realizar. En su página web se encuentra los horarios de apertura y el teléfono de información”. Además, para aquél que, según un cartel, ponía fechas concretas para la prohibición, añade: La foto de es de un cartel antiguo que ya no existe y que difiere con la normativa actual”. Aun así, el caminante se aventura. Dios proveerá. 

El camino hasta el Valle de Iruelas resulta plácido. Abandonar La Corte, por la M-501, no tiene nada que ver con hacerlo por cualquiera de las radiales que parten de la capital. En un santiamén, con un esfuerzo mínimo, la máquina infernal ha llegado hasta el caserío de Navas del Rey, donde termina el trazado de la autovía. Como atraída por la estampa inconfundible de La Almenara, la carretera, ahora de dos direcciones, avanza media legua hacía el NO. Tras dejar el cruce de Robledo de Chavela a manderecha, la carretera, en un evidente descenso, varía el rumbo hacia el SO, en dirección hacia el embalse de San Juan. Las circunvalaciones facilitan el paso por las localidades de Pelayos de la Presa y San Martín de Valdeiglesias. A la altura de ésta última, caminante y máquina infernal toman la carretera nacional que une las ciudades de Toledo y Ávila. En el quilómetro 95, después de dejar atrás la variante de El Tiemblo, una desviación desciende hacia la presa de El Burguillo. Sobre el coronamiento de la presa, la carreterilla pasa al otro lado, para iniciar un recorrido por la orilla del embalse hasta el poblado de Las Cruceras. Desde allí, ya entre el pinar, recorrerá un par de quilómetros, hasta una encrucijada con abundante cartelería informativa y la rotunda presencia de un cipote granítico, en el que un rótulo cincelado anuncia el comienzo de la reserva natural. Es el momento de renunciar al vial que baja por la derecha, para tomar el que, por la izquierda y en suave ascenso, sigue junto a la garganta. Es el vial que, sin descanso, sube hasta el Puerto de Casillas.

Tras unos minutos de recorrido, siempre por la margen derecha de la garganta, el viaje motorizado termina junto al puente que salva la impetuosa corriente. Es el lugar donde se encuentra un portón de madera, uno de los muchos que, según las informaciones recabadas, cierran el paso a personas no autorizadas. Lo inesperado es que, debido a labores de tala, éste se encuentra abierto. En un embarrado calvero, los troncos recién cortados se apilan por cientos. Nadie en el lugar; solamente, en la lejanía de la pinosa ladera, el monótono sonsonete de las motosierras. Tras superar el atascadero, el caminante enfila un camino que serpea por la ladera.


 

La humedad de la garganta condiciona un entorno en el que el musgo verdea troncos y rocas. Así será el paisaje, hasta que el caminante cruce, por vez primera, los vallejos de los arroyos de Bernardillos y del Robledo. Rebasado éste último, el rumbo, que hasta allí fue claramente hacia el meridión, gira hacia el norte, para hacer, seiscientos metros más arriba, un recorrido paralelo. Sigue el indudable predominio del robledal, recamado con algunos ejemplares de cascalbo de notable presencia. Un recodo del camino saca al caminante de la umbría. Es el momento de echar las once.







 Tras el refrigerio todo pinta diferente. La pausa genera nuevos bríos para atacar las últimas rampas, antes de llegar a la parte más alta del recorrido. Las huellas de la maquinaria pesada están por todas partes, y los troncos desramados esperan junto al camino. Un penetrante olor a resina y madera recién cortada se apodera del entorno. Ha llegado al Portacho de los Bernardillos, mirador natural desde el que tendrá la única vista sobre el embalse. Desde el lugar, de nuevo hacia el meridión, una pista recorre el pinar sobre la cota 1300. Tras media hora de recorrido, el sonido de las motosierras y de la maquinaria ha cesado. Todo queda aclarado cuando, en la lejanía, un corrillo conversa en voz alta. Es el alto para la comida de la cuadrilla de aserradores, a los que se ha unido una pareja de agentes forestales. Tras la información y comentarios expuestos al comienzo de este escrito, el caminante se teme lo peor. Llega a la altura del grupo, da los buenos días, y sigue sin detenerse. Todo en orden.





 Sigue el caminante por la pista, volviendo a pasar por los vallejos de los arroyos que ya pasó en un par de ocasiones, hasta llegar a un refugio, decentemente adecuado, que dormita entre resineros, cascalbos y robles. Hacia poniente, una inmejorable vista de la divisoria de aguas que separa los valles del Alberche y del Tiétar. Tras el paso por la cabecera de un regato, los robles, todos de buen porte, vuelven a ocupar el solejar de la ladera. Es un placentero lugar donde, además, la fuente del Espino mana sin parar, para ventura de los andariegos.






 Vuelve el caminante a su afán, y atrás quedan la fuente y los robles que la rodean. Tras caminar seiscientos metros, deberá estar atento a un viejo camino carretero que, por la derecha, se separa de la pista, bajo la ilusoria portada formada por el ramaje de dos inmensos robles. El naciente camino apenas se marca sobre la hierba; dos tenues rodadas que señalan el descenso en busca del arroyo de La Encinilla. Como era de esperar, el camino desaparece bajo las hojas haciendo dificultoso su seguimiento. En un primer barranco, perdida la traza del camino, opta por dejarse llevar por el sentido de la corriente, en un entretenido descenso en el que deberá evitar enredarse en la vegetación. Por una de las incontables trochas marcadas sobre las márgenes del arroyo, sale del barranco. En una soleada ladera, vuelve a encontrase con los robles. No existe camino,…ni falta que hace. Ahora, el interés del caminante será recorrer el añoso robledal, buscando los ejemplares más interesantes, hasta que ladera y robles terminan junto a la cantarina corriente del arroyo, por cuya orilla corre un apacible camino carretero.







 Durante algo más de un quilómetro, en un entorno donde el agua es principal protagonista, el camino recorre la margen derecha del arroyo. Es el momento en que corriente y camino deciden cruzar su trazado, y lo hacen en un vado cuyo paso haría necesario descalzarse, si no fuera por la impagable ayuda de una atajea de madera que salva la corriente. Ya en la margen izquierda, el caminante se encuentra con la impensable sorpresa de la jornada: un corro de secuoyas, de impresionante aspecto, seguramente el centenario empeño personal de algún ingeniero de montes. Un interesante lugar, a la orilla del arroyo, que añade la presencia de un refugio abovedado tomado por el musgo. Llega el caminante a la zona de Las Juntas, horcajo donde el arroyo de La Encinilla une sus aguas al de La Balsaina, para formar la Garganta de Iruelas. Es, junto con el de la familia de secuoyas, el lugar más atrayente de la jornada, y el sitio indicado para terminar con las provisiones.










 Comienza a ocultarse el sol tras los cerros. Llegar hasta el lugar donde se encuentra la máquina infernal resulta fácil. No habrá más misterio que seguir por el asfalto de la carreterilla, o quizá, dependiendo de la voluntad de cada cual, arrimarse a la orilla para sentir la compañía de la briosa corriente. Cuando emprende el regreso, aún se oyen las motosierras en la ladera de la Cabeza de la Parra. Antes de entrar en el tráfico de la N-403, el caminante se detiene sobre la presa para apurar el último paisaje del embalse. 





DOR