martes, 25 de junio de 2019

HORNOS Y CALERAS EN EL CAMPO DE MARTE


Tras diez meses de incertidumbre, parece que un tenue resplandor vuelve a brillar sobre la quieta superficie del fondo del pozo. Ni un solo día, de ese largo tiempo, el caminante ha perdido la esperanza de volver a sentir, sobre su espalda, el vivificante contacto de la mochila. Ha llegado el momento de comprobar si la “jodia” rodilla está en disposición de comportarse.

Han pasado dos días desde el día del patrón de la capital, y la temperatura, por esas extrañas maquinaciones de borrascas y anticiclones, ha descendido doce grados en menos de cuarenta y ocho horas. Con la cautela que requiere tan perseverante lesión, todo anima a reanudar la actividad caminera. Y es esa prudencia la que lo lleva a rebuscar un inicio moderado. En una carpeta olvidada, un olvidado mapa puede servir como piedra de toque. Se trata de una zona de monte bajo, de modestas alturas, a caballo del límite administrativo de las localidades de Valdemorillo y Quijorna.

En 1937, entre los días 5 y 25, el dios de la guerra tomó posesión de los términos municipales de Navalagamella, Quijorna, Valdemorilllo, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo, Villafranca del Castillo y Brunete, localidad que da nombre a la batalla. En la actualidad, diseminados por los términos municipales de esas poblaciones, no resulta complicado encontrar, en buen estado de conservación, numerosos vestigios de la contienda.

Para llegar a Quijorna, lugar donde el caminante ha previsto el inicio de la jornada, existe un buen servicio de autobuses. Pero, en previsión de contrariedades no deseadas, el caminante prefiere apostar sobre seguro y, como en otras ocasiones, solicita el concurso, siempre fiel, de la máquina infernal. A tan temprana hora, la M-501 sólo tiene tráfico intenso de entrada a la capital. Pasado el vallejo del Guadarrama y dejado el caserío de Brunete a manderecha, una carretera se separa de la autovía en dirección boreal. Tras casi una legua de carretera secundaria, aparecen las primeras casas de Quijorna. Después de recorrer un rimero de estrechas calles, estaciona la máquina infernal a la puerta de una coqueta edificación, a la que ha puesto el sugerente nombre de El Paraíso. Al final del muro que encierra inmueble y parcela, un entramado de viales, cerrados al tráfico, da fe de las nefastas consecuencias de la crisis del ladrillo, de la que numerosas poblaciones no acaban de recuperarse. De una de sus fantasmales rotondas, se descuelga un camino, que, de seguido, se abre en dos: el de Los Monteros y el viejo camino de Navalagamella, que será el que tome el caminante.

Antes de entrar en la zona de monte bajo, durante unos centenares de metros, el camino se abre paso entre tierras de labor. Rodeado por cebadas, que en estas fechas comienzan alimonarse, y por avenas, que aun mantienen su verde intenso, llega el caminante al piedemonte del Cerro Veneno. Sin camino definido, entre retamas y chaparros,  sube al otero que será el primero de un rosario de pequeñas elevaciones que, en dirección al saliente, lo llevarán hasta enlazar con el camino que sube al cercano Alto de los Llanos. Es en ese trayecto donde, al superar la raya que separa Quijorna de Valdemorillo, encuentra un par de inquietantes carteles, que, además de prohibir el paso de manera iletrada, amenazan con la presencia de reses bravas. Mentalmente repasa el camino recorrido, y no recuerda el paso de cerca alguna. Sin éxito, otea el horizonte próximo tratando de localizar la amenaza que anuncian los carteles.





Entre algunos ejemplares de encina de gran porte, avanzando con precaución por mor del asunto taurino, corona el cerro donde se encuentran las ruinas de la Casa de los Llanos, lugar que, según las crónicas, fue centro de operaciones de la segunda línea defensiva republicana en la batalla de Brunete, y que, anteriormente, bien pudo ser cazadero real durante el reinado de Felipe III. Tras una fugaz visita al vértice geodésico, sigue el caminante hacia el saliente. Y es entonces cuando tiene que franquear una cancela sin candar. ¿Cómo se puede salir de un lugar donde no se ha entrado?




Sin dejar de pensar en tan enigmático misterio, sigue el caminante hasta que el camino se cruza con la conducción de agua que viene del embalse de Picadas. Pasado un sifón de la conducción, al que los grafiteros no han perdonado, un camino toma dirección al meridión, en busca del arroyo de Fuente Villanos. En un par de ocasiones, el camino cruza el seco cauce del arroyo, antes de llegar a la ladera de poniente del Cerro del Castillejo, lugar donde se han encontrado los restos más antiguos de la historia de Valdemorillo, y que los entendidos datan de la Edad del Bronce.  Camufladas en la ladera, como restos inequívocos de la pasada guerra, se encuentran las bocas de entrada de un refugio antiaéreo.



Coincide el camino con la traza de la Cañada Real Segoviana, que acompañará al caminante hasta el regreso a Quijorna. Pero antes de salir del término de Valdemorillo deberá rendir visita a las referencias del título de esta crónica. En la llamada Cuesta del Vétago, se encuentran varios hornos de cal, todavía en un estado más que aceptable, teniendo en cuenta que las crónicas hacen referencia a que la cal de Quijorna y Valdemorillo, de buen renombre en la época, se utilizó en la edificación del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, y más adelante, para la construcción del Puente de Toledo en Madrid. Junto a una de esas caleras, aparece la construcción más interesante del recorrido: un horno en forma de botella, que el ayuntamiento de Quijorna reputa como de fabricación de cal, cuando está demostrado que lo era de cocimiento de cerámica. Las crónicas dan, además, el nombre del dueño de horno: José Orodea Varea.





Vuelve el caminante al camino, y vuelve la mirada a la ladera del Cerro del Castillejo donde, entre la vegetación, se distingue una construcción de la Guerra Civil. La tentación puede más que el cansancio y trepa por el abajadero. Durante la subida, se hace evidente un entramado de trincheras que rodea la parte alta del cerro. Siguiendo una de ellas llega hasta la construcción en hormigón de un nido de ametralladora, que se conserva en perfecto estado.





Vuelve el caminante al muelle trazado de la cañada, donde, además de un mojón que señalizaba el cazadero real, localiza una ¿postura? de adormideras. Con esa duda sigue, de nuevo entre sembrados, hasta las primeras casas de Quijorna. Sólo queda encontrar el portalón metálico de El Paraíso, donde, en la mañana, quedó la máquina infernal.





De vuelta en busca de la autovía, en el kilómetro 3 de la carretera, la última parada para visitar un fortín de la Guerra Civil. Se trata de una construcción en forma de cruz, con una pequeña tronera de entrada en la parte superior. Con fábrica de hormigón, sus cuatro lados permitían hacer fuego en todas direcciones y controlar el movimiento de las tropas enemigas. En el interior, en el centro geométrico, un pozo, de varios metros, da acceso a un abrigo subterráneo formado por varias galerías, que tenía dos misiones fundamentales: resistir los bombardeos de aviación y artillería, y servir como depósito de munición y víveres. Aún son visibles las aberturas accesorias, excavadas en la tierra, que permitían la salida al exterior en caso de derrumbe.  




Hecha la visita, el caminante, nuevamente por la M-501, pone rumbo hacia La Corte.

¿Y la jodía rodilla? Pues,… parece que ha resistido el primer envite. ¡Alabado!

DOR


viernes, 27 de julio de 2018

EL ZAPATERO


El pasado 14 de junio, durante el recorrido consumado sobre la cuerda de la Sierra del Cabezo, el caminante llevó, siempre a la siniestra, la compañía de la quebrada silueta de la Sierra de la Paramera. Una rotunda imagen de su ladera meridional, que, aunque separada por el grandioso valle del Alberche, parecía estar al alcance de la mano. Pero no era la primera vez que se encontraba con tan inconfundible cordal. Va para cinco años, en concreto el 26 de septiembre de 2013, en una aproximación a su ladera septentrional, el caminante subió desde el castillo de Manqueospese, en el término de Mironcillo, hasta el fresco manadero de Aguas Frías, desde donde sintió la sugestiva influencia de la inmediata línea de cumbres. Aquella jornada no dio para más, pero ya había prendido en él la idea de volver. 

Han corrido tres días del mes de julio, trece desde que el verano echó a andar, y el oraje más parece de primavera que de estío. Un tiempo apropiado para el empeño, teniendo en cuenta la inexistencia de vegetación de porte alto, y por ende la ausencia de sombra. El caminante, que ha dedicado el tiempo preciso al conocimiento de terrenos y recorridos, al poco de la amanecida, toma el petate y se dirige a la localidad de Navandrinal que, junto a Villarejo, forman pedanía (unidad poblacional, dicen ahora) de San Juan del Molinillo, provincia de Ávila. Desde San Juan se llega a Navandrinal por una carreterilla que no tiene continuidad. Tras ruar por las estrechas callejas del caserío, busca un lugar donde manear la máquina infernal, decidiéndose por la cerrada sombra de un olmo solitario que medra junto al asfalto.

Las calles de Navandrinal no son aptas para espíritus dengosos. Recostado sobre la ladera del cerro de La Cabezuela, su trazado presenta desniveles considerables en su entramado de viales encementados. Durante el recorrido, el caminante encuentra algunas fuentes de abundante caño. Ya en las afueras, tras volcar al otro lado del cerro, el camino presenta dos alternativas, siendo cualquiera de ellas válida para llegar al collado que, por aquí, es conocido como Portacho del Zapatero. El caminante, que ya tiene resuelta la elección, desdeña el camino que serpea por la ladera del Cogote de Zarramalejo, optando por el que, tras vadear la corriente, sube por la margen izquierda de la Garganta del Zapatero. Un camino conocido antiguamente como Camino de los Barreros y que, tras salvar el collado, seguía hasta el Valle de Amblés, por donde discurre la corriente del río Adaja.


Bajo la inquietante imagen del rocoso cordal, el camino pierde su condición para devenir en una senda que, en un continuo ejercicio de contorsionismo, se sujeta a la pina ladera. Y es entonces cuando el caminante, fiel a su rutina, baja hasta la orilla del agua, por donde seguirá, siempre que la naturaleza se lo permita. La corriente, confinada por los tolmos y berruecos rodados desde lo más alto de las laderas, va buscando su salida natural dibujando un hermoso muestrario de espumosos saltos y pozas cristalinas. A mitad de la garganta, la mano del hombre separa parte de la corriente en un azud, al que sigue una acequia que baja por la margen derecha. Ahora, con todo su caudal y sobre un terreno más empinado y escabroso, el arroyo quiebra su rumoroso fluir para convertirlo en resonante torrentera. Sorteando peñascos, y saltando de una orilla a otra, el caminante llega a una zona de verdes pastos, donde el ganado dormita en un soleado sestil. En un último esfuerzo, llega al camino que desdeñó un par de horas atrás y que, como quedó dicho, sube por la ladera del Zarramalejo. Por él llega  a la divisoria de aguas, por donde corre la valla de alambre que separa los términos de San Juan del Molinillo y Sotalbo. Antes de perderse entre bolos graníticos de equilibrios milagrosos, el caminante mira por última vez la panorámica del valle recorrido. En sentido opuesto, el Valle de Amblés donde se asientan: Robledillo, Solosancho, Villaviciosa, Riatas, Bandadas, Palacio, Mironcillo,…















La línea de la sierra es un inmenso batolito granítico, del que afloran los riscos que conforman tan imponente cordal. Por la parte meridional de la valla lindera, ya por encima de la cota dos mil, una senda se abre paso, siempre hacia el saliente, entre berruecos, piornos y enebros rastreros. No hay posibilidad de error; pero si alguna vez la trocha desaparece entre la vegetación, la inconfundible silueta de Risco Redondo servirá al caminante como guía. Sobre la impresionante perspectiva de ambos valles, la senda se aproxima al techo de la jornada: los 2158 metros del Pico Zapatero. A medida que se aproxima a tan desmedido rimero de rocas, una duda momentánea se apodera de su voluntad. La hesitación termina cuando atisba el primer hito que inicia la ascensión, y que tendrá continuidad en otros muchos que señalizan el recorrido hasta la cima. Enseguida se percata que en algunos pasos, sin ser peligrosos, necesitará de las manos para superarlos. Guarda en la mochila mapas y bastón, que más que ayuda serán un estorbo, y continúa en su afán de llegar a la cima. Antes de ésta, cuando ya se intuye el final, una gran roca pone el último impedimento. Encajada sobre otras dos, el único paso resulta tan angosto que hay que hacerlo reptando… y sin mochila.       









Sobre el rústico vértice, al que el vandalismo ha desmochado echando al suelo dos de sus sillares, las vistas resultan deslumbrantes. Hacia el ocaso, el tramo de cordal ya recorrido; al norte, el valle del Adaja o Valle de Amblés; al sur, el valle del Alberche; y al saliente, la sucesión de cimas que, aunque continúa hasta el puerto de Navalmoral, para el caminante seguirá con el Risco del Sol y terminará en la Peña Cabrera.  



      
La ladera oriental del Zapatero resulta más breve y hacedera que la de poniente. Queda la cima a su espalda, y ahora el próximo jalón es la curiosa figura del Risco del Sol, que el caminante, siguiendo la línea de hitos que señalan el camino, pasa por su ladera meridional. Al frente un quebrado cuchillar, de complicado acceso, que la vereda evita pasando a la parte septentrional de la divisoria de aguas. A media ladera, con el cuchillar a manderecha, el caminante pone proa hacia el Portacho del Cuchillo, en cuyas verdes praderías sestea el ganado. Y elevándose sobre el horizonte, la imponente mole granítica de la Peña Cabrera. Llega de nuevo a la valla medianera, que cruza por un portillo metálico. Cañada abajo, con la reconocible imagen de la Sierra del Cabezo al fondo del paisaje, el insólito perfil de El Cuchillo se dibuja en el horizonte próximo. Una extraña formación rocosa, cincelada por la gelifracción, y que mantiene, al contrario que las rocas de su entorno, unas inusuales formas rectilíneas y angulosas.






Partiendo a la mitad la distancia entre El Cuchillo y Peña Cabrera, un verde hocino, que bien podría servir para regresar a Navandrinal, inicia el descenso hacia el fondo del valle. Pero el caminante se decide por una pedregosa senda que, al sesgo, entre esbeltos albardines y violáceos cantuesos, recorre la ladera en dirección al ocaso. Antes de que la rocosa ladera se transforme en húmedo helechal, el caminante termina con las provisiones. Tras el merecido descanso, entre los viejos muros que encierran prados y huertos abandonados, un antiguo camino lleva al caminante hasta el mismo vado que, en la mañana, cruzó para salvar la corriente de la Garganta del Zapatero.








Terminado el tránsito por la naturaleza, de nuevo las refrescantes fuentes y las pinas calles de Navandrinal,…ahora cuesta abajo. Al llegar al sitio de la máquina infernal, un paisano se acerca al caminante para, entre otras cosas, ensalzar las cualidades salubérrimas del lugar y de sus aguas: “Yo, con ochenta y un años cumplidos, ni voy al médico, ni tomo pastillas”.     

DOR