sábado, 27 de abril de 2013

VILLA Y TIERRA DE PEDRAZA


Había previsto hacer esta ruta el sábado 27, pero el deseo no me dejó esperar. El miércoles anterior, pasadas las siete de la mañana, me incorporé al farragoso tráfico de una jornada laborable.

El amanecer se abrió con un cielo limpio de nubes y una temperatura moderada, lo que presagiaba un perfecto día para entender parte de los caminos de la Comunidad de Villa y Tierra de Pedraza. Antes de llegar al lugar donde iba a iniciar la ruta, asohora, la primera sorpresa de la jornada: la ermita de la Virgen de las Vegas. Este buen ejemplo del románico segoviano, se encuentra en un letífico lugar junto a la carretera que discurre paralela al río Cega, en el término de la escondida población de Requijada.



Cuando llegué a Pedraza me alegré de no haberlo hecho en sábado. La soledad de sus calles me permitió hacer un estimulante recorrido por su trazado medieval. Cuando salí por la única puerta de entrada al entramado de calles, un pedrazano, viva muestra de que la vida vecinal sigue existiendo en la villa, comenzaba su paseo mañanero.
                                      

                                      

Pedraza hubiera hecho feliz a Hécate, diosa griega de las encrucijadas, pues abre su único acceso a un cruce de tres carreteras. Allí, junto a un gran pilar de un solo caño, comencé mi andadura. El camino, tras una enérgica bajada, se estabiliza tras dejar a la siniestra la Casa del Águila Imperial, rehabilitación realizada sobre las ruinas de la antigua iglesia de San Miguel. Por uno de los arcos del acueducto, que otrora surtía de agua las huertas de la iglesia, el camino se empina entre el carrascal. Hasta llegar a Orejanilla, el camino, con la evidente huella del último temporal de lluvias, coincide con el recién habilitado Camino de San Frutos; 77 kilómetros que van desde el acueducto de la capital segoviana hasta la ermita del santo pajarero.

                                       
A Orejanilla se llega tras cruzar la cristalina corriente del río Pontón por un puentecillo sin barandal. Tras pasarlo y abandonar el Camino de San Frutos, a un cuarto de hora, por una zona de verdes prados rasgados por el albo Camino de la Hebilla, se encuentran los arruinados restos del templo del Espíritu Santo. Sin perder de vista el espeso soto del río, y antes de divisar el caserío de Revilla, el camino gira a la izquierda con dirección a la carretera. Allí, solitaria, mimetizada ante un fondo de crestones silíceos, con la medianería de un silente fosar, se alza la iglesia de San Juan Bautista. El recio muro que la rodea, y las dos cancelas cerradas con cadenas, me obligaron a remedar a los almonteños. En el solejar que da entrada a su galería porticada, y con objeto de tomar las fuerzas necesarias para reanudar el camino, hice las once. De buena gana hubiese estado más tiempo para tratar de comprender el significado de sus historiados capiteles, pero debía continuar.
                                      

                                      
                                      
Orillado a la solitaria carretera, sin camino definido, llegué al segundo barrio o pedanía del municipio de Orejana: El Arenal. Antes de dejar el asfalto, junto a un antiguo crucero que allí llaman la Cruz de Canto, una mujer de avanzada edad se afanaba, con una azada más añosa que su dueña, en limpiar de malas hierbas la entrada de su predio. Había leído de la proverbial entereza de los naturales de estas tierras, de tal forma que para ponderar el fuerte carácter de alguien es frecuente escuchar: es más duro que uno de Orejana.

-          Mala herramienta para su edad.

La mujer se encogió de hombros.

-          Esto no es nada. Me entretiene y me sienta bien.

Me paré un rato a hablar con aquella mujer. Tenía una gran cantidad de tutores clavados en la desmenuzada tierra, pero aún no había tomado la decisión de sembrar las judías.

-          Todavía está helando en las madrugadas, y si coge tiernos los brotes, adiós cosecha.

Antes de despedirme, me dio cumplida razón del paraje donde debía encontrar el siguiente objetivo de la ruta: el despoblado de La Alameda.
                               
                                
Únicamente un par de casas se mantienen en pie en La Alameda, todas las demás, en ruinas, acabarán engullidas por la maleza. Solo la fuente, en el lugar donde debía estar el centro de la población, se mantiene con vida, y su rumoroso y fresco chorro mitiga la sed del caminante. En el contorno, encinas varias veces centenarias sombrean las abandonadas praderías. Un camino policromado por finas arenas silíceas, me sacó hasta la carretera que sube a La Matilla. Tras cruzarla, un carril va descendiendo, entre pinos y encinas, hasta el río Cega.  
     


Unos centenares de metros antes de llegar al río, el fragor de las aguas resultaba inconfundible. Al llegar al risco sobre el Molino de la Cubeta, el bramido de la presa era ensordecedor. Varios troncos encajados en los muros del molino daban fe del nivel de las aguas en los últimos días. Después de un entretenido subir y bajar por la margen izquierda del Cega, a la contra de la briosa corriente, las sucesivas trochas me llevaron hasta la población de La Velilla, donde, a la orilla del agua, acabé con las provisiones. La media hora dedicada a la comida, me sirvió de descanso para afrontar la parte más áspera de la ruta.


De La Velilla a Pedraza hay, por carretera, algo más de dos kilómetros, pero mi camino no iba a ser ese. Avancé hasta la zona de los antiguos molinos, y subí hasta el viejo sabinar de la loma a la que llaman El Culebral, para entrar en Pedraza por el arroyo del Vadillo.

                                       

Camino de Madrid, al pasar por Sotosalbos, recordé el pasaje del Libro de Buen Amor, donde Juan Ruiz, en su camino a Sotos Alvos, narra su encuentro con La Chata, serrana portazguera del puerto de Malangosto. Estando allí, no me quedó más remedio visitar la iglesia de San Miguel Arcángel. De esta forma daba por terminado un provechoso día caminero, entreverado de hermosos ejemplos de románico segoviano.  

                                           



DOR



viernes, 19 de abril de 2013

UN ENCUENTRO INESPERADO


Lo vi acercarse lentamente. Bajaba por la carreterilla que parte en dos el paraje de La Herrería. Al principio no puse especial atención a su presencia; me pareció uno más de los paseantes que, desde San Lorenzo, se llegan hasta la Ermita de la Virgen de Gracia. Eran casi las cinco de la tarde, y me había llamado la atención, por lo extemporáneo, que una mujer, sentada en una de las mesas de madera que hay junto a la M-503, estuviese terminando su comida.
Yo, después de andar más de quince kilómetros por el puerto de San Juan de Malagón, y por el añoso castañar que se descuelga por la ladera de saliente de la Machota Alta, me paré sobre el puente que salva la corriente del arroyo del Batán. El tramo que me quedaba hasta la estación de El Escorial era el más monótono y previsible, y necesitaba hacer una recapitulación de lo que había sido la jornada. Fue en ese momento, quizá al verme con los mapas en la mano, cuando se acercó a mí.

-          ¿Quiere saber cómo se llama este arroyo?

En numerosas ocasiones me he encontrado con personas que, aunque no la necesites, te ofrecen su ayuda. Del saber de esos voluntarios siempre he obtenido una valiosa información que completa y enriquece las parcas explicaciones de los mapas. Entonces, con un rápido vistazo, me fijé detenidamente en él. El calzado deportivo de tonos claros contrastaba con el color negro del pantalón y de la cazadora montañera. Aunque parecía no necesitarlo, llevaba un curioso bastón que, más tarde, me confesó le había hecho su hermano allá en su pueblo: Bembibre. Sonreí, y esperé a que me diera su explicación.

-          Es el arroyo del Batán, aunque otros, desde este lugar, lo conocen como río Aulencia.

Simulando que desconocía aquella información, volví a mirar el mapa. Entonces, quizá para justificar su atrevimiento, argumentó:

-          Disculpe, creía que se encontraba perdido, pero ya veo que no.

No me interesaba iniciar una larga conversación, pues tenía intención de tomar el tren de las 17:13. Le pregunté si era vecino de San Lorenzo, y fue su contestación lo que me llevó a variar la hora de mi marcha a Madrid.

-          Vivo en el monasterio. Soy fraile.

Su vasto conocimiento de los alrededores me interesó. Se definió como buen caminante, aunque el peso de los años había acortado el recorrido de sus paseos.

-          Con dieciséis años, al poco de llegar del seminario que la orden tenía en Leganés, hice mi primera marcha. El maestro nos llevó hasta Peguerinos, y cuando volvimos al monasterio había pasado la hora de la cena.

El crecido caudal del arroyo, nos llevó a comentar el excelente año de aguas del que disfrutábamos. Enumeró todas las fuentes de los alrededores: la de La Reina, antiguamente Matalasfuentes; la de Las Arenitas; la de la Virgen de Gracia; la de La Prosperidad; la de Los Capones; la de El Seminario;...De pronto paró en su inventario y, con una sonrisa pícara, me dijo:

-          Todas éstas aparecerán en sus mapas. Pero hay una que seguramente no encontrará: la de Blasco Sancho o del Estribo, que está junto al estanque del monasterio. De esta fuente bebía un anciano hermano, ya fallecido, y que había llevado una muestra del agua a un laboratorio de Madrid, donde aseguraron que era el agua más pura que habían analizado nunca.

En ese momento me traicionó la memoria. Sabía que los jerónimos abandonaron el monasterio con la Desamortización de Mendizábal, pero no recordaba la orden que actualmente cumplen las cargas fundacionales de Felipe II. A mi escueta pregunta, contestó de forma detallada y a la vez concisa:

-          El Real Monasterio se mantuvo semiabandonado durante casi 48 años. La Orden Agustina, a la que pertenezco, se hizo cargo en julio de 1885 con más de un centenar de agustinos que llegaron desde Burgos y Valladolid. Dentro de unos meses se cumplirán 128 años de dedicación al culto de la Basílica, a la atención a la Real Biblioteca, y a la enseñanza. Un largo periodo, solamente interrumpido entre los años 1933 y 1939. En 1933 se suprimió la enseñanza en el Real Colegio Alfonso XII y en el Real Colegio Universitario María Cristina. El 6 de agosto de 1936, 106 religiosos de la comunidad, fueron detenidos y llevados a Madrid. En total 108 agustinos escurialenses fueron victimas durante la guerra; 70 de ellos descansan en las fosas de Paracuellos del Jarama. Ninguno de ellos mereció aquella muerte. En algún caso, como en el Gerardo Gil Leal, su dedicación a ayudar a los necesitados sigue tan reconocida, que tiene calle en El Escorial y en San Lorenzo. Ésta es nuestra memoria histórica.

Terminó su relato con un ligero temblor en su voz, pero, al momento, cambió el semblante, como tratando de olvidar aquello que me había contado.

Cuando miré el reloj de dí cuenta de que ya había perdido dos trenes más, y que no tenía mas remedio que marcharme. Él se dio cuenta de la situación, y me alargó la mano en señal de despedida.

-          Me llamo Modesto. Si necesita algo de mí ya sabe donde estoy.

Correspondí dándole mi nombre, y le trasmití el deseo de poder encontrarnos en otra ocasión.

Junto a la señal de madera que indica la fuente de Los Capones, volví la cabeza y vi como su figura se difuminaba entre los troncos del rebollar de la ermita. Aceleré la marcha acompañado de la extraña mistura del gorjeo de los mirlos y el sonido metálico de los golpes del campo de golf.
Camino de Madrid, con el tibio sol entrando por las ventanillas del tren, una sola idea rebullía en mi pensamiento. Tenía la impresión que aquel fraile no había pasado casi setenta años dedicado, exclusivamente, a la oración; su conocimiento y la forma de expresarse escondían algo más. Pero ya era tarde para preguntárselo.

Una y otra vez, una fuerza extraña me llevaba a la misma cavilación. ¿Era Modesto más que un sencillo fraile de la comunidad del Real Monasterio? Los datos de los que disponía eran pocos, pero lo intenté. Comencé, con nulo resultado, en la página web del ayuntamiento de Bembibre, pues sabido es que las corporaciones municipales, de cualquier tendencia, gustan de presumir de sus hijos ilustres. Cuando ya no lo esperaba, la suerte me acompañó. Asocié el nombre del fraile con el del Real Monasterio, y se hizo la luz. Apareció el nombre de Modesto González Velasco, archivero del Monasterio, y autor de innumerables obras relacionadas con aquél y con la orden Agustina. ¿Era aquel Modesto González Velasco el fraile con el que estuve charlando junto al arroyo del Batán? Tenía la corazonada de que eran la misma persona, pero debía averiguarlo.

Pasados dos días decidí que la solución pasaba por la búsqueda telefónica. Había observado que la práctica totalidad de las obras estaban editadas por Ediciones Escurialenses, editorial dependiente de la Provincia Agustiniana Matritense. Armado de valor y con pocas esperanzas, marqué uno de los números de teléfono de la editora. Una voz de mujer me atendió.

-          Perdone; el pasado día 10 conversé con un fraile que dijo llamarse Modesto. Averiguaciones posteriores me llevan a pensar que pudiera tratarse de Modesto González. ¿Podría usted ayudarme?

Escéptico, aguardé la contestación de la mujer. Esperaba la fría contestación de una funcionaria, indicándome que Modesto González había muerto hacía algunos años, pero resultó todo lo contrario.

-          Si quiere puede preguntarle a él, porque, precisamente, ahora está aquí. ¿Quiere que se lo pase?

Quedé en silencio por unos segundos. La casualidad me volvía a sonreír. La inconfundible voz del fray Modesto, que yo conocía, tronó al otro lado del teléfono.

Volvimos a charlar durante un buen rato. En la actualidad, su comisión como postulador en el proceso de canonización de los mártires agustinianos de la guerra civil, le ocupaba todo su tiempo. Me habló de sus viajes por Europa, y de su estancia, durante varios años, en los EE.UU.

Sine díe, volvimos a emplazarnos en un encuentro en el lugar de La Herrería, en el antiguo batán, o en cualquiera senda de la zona.     

DOR

martes, 2 de abril de 2013

UN REINO SOBRE LOS ESQUISTOS


El nuevo intento de hacer la ruta de La Cabrera ha vuelto a malograrse. Si el 19 de enero fue la muy nombrada ciclogénesis explosiva, dos meses después, el 23 de marzo, un segundo gatillazo, esta vez con menos fundamento, ha quedado grabado en nuestro expediente caminero. La modificación de última hora, guió nuestra andadura hasta uno de los trechos del camino que, de antiguo, seguían las gentes de la zona para llegar hasta Uceda. Además, de esta forma, completábamos un nuevo tramo de la Senda del Genaro: El Berrueco - Patones.

Cuando llegamos a El Berrueco, la amenaza de lluvia se hizo realidad y nos obligó a hacer uso de capas y chubasqueros. En los preparativos, un lugareño sorprendido por la algarabía de aquel grupo de orates se interesó por nuestro destino. Sus menudos ojos brillaron cuando le nombré los cerros y arroyos por los que íbamos a pasar. Sus recuerdos se remontaron a las veces que, para vender el ganado en la feria, recorrió el trayecto hasta Uceda, pasando por Torremocha del Jarama.
Comenzamos la ruta caminando sobre el Canal de El Villar, aquel que, desde la presa del mismo nombre, lleva el agua hasta Madrid. Las sucesivas borrascas –disfrute para unos e incordio para otros- evidenciaban un claro aumento del nivel del embalse de El Atazar.

Con la mirada puesta en la Atalaya de Torrepedrera, el caminó ascendió suavemente hasta el descansadero del antiguo camino de Torrelaguna, donde dos pasos canadienses guardan el ganado del tráfico de la M-133. Desde el cerro donde se encuentra la torre, un desnudo paisaje marca el horizonte de nuestra ruta. La atalaya forma parte de una línea de vigilancia que, desde Talamanca del Jarama hasta Buitrago del Lozoya, hacía imposible, sin ser vistas, el paso de tropas enemigas. Traté de imaginar a una pequeña guarnición musulmana vigilando los caminos, y avisando, mediante almenaras, a las vecinas torres de Arrebatacapas en Torrelaguna, o la de Mirabel, en el camino a Manjirón.


    



El camino, ya en el término de Patones, discurre faldeando por entre el jaral, donde todavía son evidentes las secuelas del incendio de agosto de 2002. Tras vadear el arroyo de San Román, una vertiginosa bajada nos metió en el bosque de ribera del arroyo Patones, cuya corriente tuvimos que saltar en más de una decena de ocasiones. Con el caserío a la vista y el estómago recordándonos que era la hora de comer, el grupo se dirigió a las antiguas eras de poniente. Allí, sobre la pradería, dimos buena cuenta de la bucólica…, y de algunas especialidades culinarias.


La pretendida visita, en grupo, a la localidad resultó un fiasco. ¡Que difícil resulta poner de acuerdo a cuarenta individuos de la clase humana! ¿La solución?: cada cual por libre, y a las 15:30 todos en la puerta de la otrora iglesia, hoy oficina de turismo. Una placa, adosada a uno de sus muros, intenta resumir la historia/leyenda de Patones: …Hasta rey cuentas en tu historia. La dominación francesa te ignoró…Algunos han querido ver la figura de una monarquía con origen el la invasión musulmana, pero lo más probable, dada su lejanía de Uceda, de quien dependía administrativamente, es que se tratara de una sucesión de hombres justos, o jueces de paz, que, con ecuanimidad, solventaban los litigios entre vecinos, recibiendo el calificativo de Rey de Patones. También parece dudoso que la soldadesca francesa, acuartelada en Torrelaguna, ignorase el lugar; lo más probable es que aquel olvido se debiese a que había poco que desvalijar.


A la hora acordada iniciamos el descenso hacia la vega del Jarama, donde nos esperaba el autobús. Después de doscientos metros por una carretera atestada de vehículos esperando a sus dueños, entramos en la senda que junto al farallón calizo baja hasta la nueva población que los patoneros fundaron en la primera mitad del siglo XX. Al abrigo de las rocas, a modo de resumen, se hizo un detallado recordatorio de los terrenos que habíamos pisado durante la ruta. La primera parte de la ruta la hicimos sobre el granito, de origen magmático y plutónico, continuamos por terrenos pizarrosos, o sea, metamórficos, y acabamos encajonados entre las calizas formadas la sedimentación millonaría de conchas marinas. Un variado muestrario geológico en apenas 12 kilómetros.

A pesar de la frustración causada por el segundo intento fallido de conquistar los granitos de La Cabrera, la corta jornada caminera resulto interesante.   
    
DOR


jueves, 28 de marzo de 2013

LA RANA Y LA LIBÉLULA


Aunque el arranque pueda parecer el de una de las muchas fábulas de Esopo, no es así. Simplemente se trata de una nemotécnica medida de tiempo; del que va desde que un puntero láser, a eso de la medianoche del día 8 de marzo, señaló la escondida rana de la fachada de la Universidad de Salamanca, hasta el mediodía del día 10, hora en que, en la modernista Casa Lis, apareció ante nosotros un hermoso prendedor en forma de libélula. Entre las dos visiones, una apretada visita a Las Batuecas y a la capital salmantina.

Las previsiones no eran las idóneas para pasar el fin de semana pateando las calles. He llegado a pensar si contamos con un gafe en el grupo, pues, siguiendo la norma de las últimas visitas, el tiempo volvía a mostrarse amenazador, y Zeus así lo confirmó empeñándose en acompañarnos durante el trayecto hasta Salamanca.

Llegamos al hotel entre dos luces. Como de costumbre, el habitual reparto de habitaciones y la cena. A las 22,30, el grupo, casi al completo, salía a las calles de la antigua Helmántica. En un ejercicio de amagar y no dar, la lluvia respetó nuestro paseo nocturno, que, para abrir boca, comenzó en la abarrotada Plaza Mayor. Magnificentemente iluminada, el continuo trasiego de gentes, entrando y saliendo por sus calles, daba la impresión que todos los salmantinos se habían citado allí. Después el plateresco de la historiada fachada de la Universidad donde, como quedó dicho, algunos se afanaron en encontrar la rana sobre la calavera, hasta que el láser salvador los sacó del desconcierto.
Al día siguiente, con Las Batuecas en el horizonte, nuestro camino avanzaba dejando a uno y otro lado la inmensa soledad de dehesas y alcornocales. Allí, tomando el testigo de las extintas ganaderías de bravo, las piaras de cerdos sainan sus cuadriles para deleite de nativos y foráneos. El autocar, después de pasar sobre la tumultuosa corriente del río Francia, nos dejó en la plaza de armas del desvencijado castillo de Miranda del Castañar. Los mirandeños se jactan de que el recinto es el coso taurino más antiguo de España, en dura competición con los de Béjar y Ronda. Un didáctico paseo por su interesante trazado urbano, nos mostró las signadas casas de judíos conversos, y el resultado de los curiosos acuerdos entre el poder civil y el eclesiástico, sobre la ubicación y uso de las campanas de la iglesia.
 
Cuando, en La Alberca, entramos al restaurante, el cielo se abrió en una catarata de agua. Al salir – de nuevo amagar y no dar -, la lluvia se retiró, permitiéndonos la visita. Tras las idas y venidas por sus empedradas calles, el regreso a Salamanca, otra vez, pasado por agua. Al llegar a la capital, un tímido sol doraba las piedras del casco viejo. El paso del Tormes por el Puente Romano sirvió para observar la clara diferencia entre la puente vieja, y la rehabilitación –puente nueva- realizada en el siglo XVII, cuando una riada se llevó once de los veintiséis prístinos arcos.
    

        
Antes de la anochecida, una interesante visita a las cubiertas de la Catedral Nueva, desde donde la ciudad nos mostró estampas poco habituales: el Palacio de Anaya, uno de los escasos ejemplos de neoclásico de la ciudad; las descomedidas Torres de la Clerecía; la recoleta iglesia de San Sebastián; y, sobre todo, la vida de la ciudad materializada en la Rúa Mayor.     

Tras la cena, el ajetreo del día dejó a muchos en sus habitaciones. Del completo de la noche anterior, solamente cuatro noctívagos se atrevieron a echar barzones. Entramos al agobiante gentío placero por la calle Toro, y salimos de él por la escalinata que da a la plaza del Poeta Iglesias, donde los salmantinos, agradecidos, homenajean, con una escultura de bronce, a Alberto de Churriguera y al conde de Francos, artífices de la Plaza Mayor. Desde allí, con dirección hacia el río, un continuo frenesí de edificios civiles y religiosos: el Palacio de la Salina, que, aunque la leyenda lo atribuya a una barragana arzobispal, debe su nombre a que fue, hasta últimos del XIX, el Estanco de la Sal; la Torre de los Anaya, antigua de Abrantes, y que tras la rebelión comunera fue desmochada por Carlos I; la barroca Iglesia de San Pablo, que formó parte del convento de los Trinitarios; la curiosa Torre del Clavero, del siglo XV, que arranca en forma cuadrada y, a los veinte metros, en un vistoso alarde de prestidigitación arquitectónica, se transforma en octogonal. Y como digno colofón al paseo, el Convento de San Esteban. Frente al Convento de las Dueñas, conforma con éste uno de los lugares más interesantes de la ciudad. La municipalidad, en un claro acierto, eleva al ensimismado visitante, por medio de una rampa, sobre el incesante ir y venir de los vehículos de la plaza. Al contemplar la iluminada fachada plateresca de San Esteban, el espectador tiene la sensación de que alguna fuerza sobrenatural acaba de sacar el retablo a la calle.
           
El domingo, que amaneció bajo un cielo limpio de nubes, fue tomando el color plomizo de los días anteriores. Comenzó la mañana con la visita, esta vez a la luz del día, a la Plaza Mayor. Enseguida, y como era de esperar, la comparación con su homónima de Madrid. ¿Más alta? ¿Más bonita? ¿Más grande? Yo, que creo que la belleza es una percepción personal, entiendo la disparidad de pareceres sobre la decoración, armonía, y otras consideraciones arquitectónicas, pero ante la frialdad de los números no valen criterios subjetivos. La de Salamanca, de lados irregulares, tiene una superficie aproximada de 6.400 metros cuadrados. La madrileña, con 129 metros de largo por 94 de ancho, arroja una extensión de más de 12.000 metros cuadrados.

Nuestro recorrido, en una sucesión de imborrables experiencias, continuó saliendo por el arco de la Plaza del Corrillo: la románica Iglesia de San Martín de Tours; la pugna pétrea entre el gótico tardío de la Casa de las Conchas y el barroco del Real Colegio del Espíritu Santo (vulgo La Clerecía); la armonía exterior del conjunto catedralicio y su esplendor interior; la filigrana plateresca de la fachada de las Escuelas Mayores de la Universidad;…       

Durante el recorrido por el interior de la Universidad, otra vez la porfía. Dos bandos enfrentados en la identificación del solitario árbol que, ajeno a las visitas, crece en el centro del patio. Los que apostamos por que era una secuoya, en oposición a los que defendían que era un tejo, acertamos. Tiene 135 años, y se sabe que el plantón fue donado por un catedrático de literatura española. En el primer piso, tras subir por la escalera, cuyas imágenes y su significado siguen enfrentando a los estudiosos, el tronío de la Antigua Biblioteca, en evidente contraste con la espartana sencillez del Aula Fray Luis de León, que habíamos visitado el la planta baja.


En una clara ruptura con lo hasta ahora visto, terminamos nuestra visita a Salamanca en la modernista Casa Lis. Interesantes: la fachada norte, su transformado interior y, sobre todo, las colecciones expuestas – vidrios, bronces, muñecas, criselefantinas, relojes, abanicos, muebles y pinturas-, en un conjunto sencillo y equilibrado.


La comida, frente al también modernista Mercado de Abastos, obra del mismo arquitecto de la recién visitada Casa Lis. El regreso a Madrid,…pasado por agua. 

DOR

miércoles, 13 de marzo de 2013

LECCIÓN MAGISTRAL




Rogelio no era un campesino al uso. Su asistencia a la escuela fue corta, pero provechosa. En cuanto tuvo edad para manejar un trillo, su padre lo dejaba arreando a las mulas bajo el inmisericorde sol de agosto. Eran otros tiempos. Don Efraín, el maestro, sabedor de la facilidad innata de Rogelio para aprender, trató de convencer a su padre para que tomara estudios. Pero fue en vano; la hacienda necesitaba todos los brazos útiles de la casa.

Don Efraín, derrotado en su porfía, solamente pudo conseguir que el muchacho adquiriese conocimiento a través de la lectura. Rogelio leía todo lo que el maestro ponía a su disposición. A la tenue luz de una candileja, quitando horas al descanso, leyó todo lo que cayó en sus manos.

Pasado el tiempo, había adquirido una más que aceptable erudición. Pero nunca hacía alarde de su saber; entendía que el conocimiento, de no dedicarte a la docencia, era una satisfacción personal. En cualquier conversación detestaba sobresalir por encima de los demás. De hecho, aún sabiendo de su mal uso, seguía utilizando todos los palabros que había oído de sus mayores, y que eran de uso frecuente durante las disputadas partidas de dominó. Eran aquellas expresiones que, a fuerza de decenios de mal uso, se habían ido retorciendo como las cepas que podaba cada mes de febrero.

Como casi todos los años, a últimos del verano recibió la visita de su nieto. Mediante una previa llamada telefónica, supo que esta vez no vendría solo; unos compañeros de estudios lo acompañarían. Como siempre, acepto de buen grado. El saber acumulado en sus años de lectura, y por desgracia en sus años de calendario, le hicieron intuir que aquellos muchachos seguían un trayecto equivocado. Hablaban de sus estudios, no como el único medio de instrucción, sino como una pesada obligación, considerándolos un mal vivir en vez de un porvenir. Mal camino, pensó para sí. Durante la comida, puso una fuente de fruta en medio de la mesa.

-          Comed de estos malacatones, que ahora están en sazón.

No tuvo que levantar la vista para darse cuenta de las descaradas risas de aquellos muchachos. Lo que más le dolió fue que, arrastrado por la deficiente educación de sus amigos, aquél que llevaba su misma sangre también participó de aquella chanza. Prudente como siempre, no hizo ningún comentario; diez días después envió una breve carta a su nieto, en la que decía:

Espero que vuestro viaje de regreso resultase bien. Yo, halagado por vuestra visita, sigo con mis menesteres. Las lluvias de antier han alagado el eriazo sativo del cornijal de La Calzadilla, por lo que he de aguardar para encetar a conrearlo.     
Estas letras no tienen la intención de sosañar tu proceder, sino hacerte ver que el conocimiento de una persona es una conmixtión, en la que la crianza y la veneración a los mayores, son sus partes más importantes. Debes tener en cuenta que, en la vida, nada debe ser gratisdato; todo necesita de esfuerzo y tesón; solamente así te sentirás en avenencia contigo, y no tendrás la sensación de ser un simple cristobita. No quiero que te sientas trasloado con mis palabras, pero sé, porque te he visto crecer, que tú no eres como los cuadrúmanos que te acompañaron en tu visita. Aún recuerdo cómo, tumbados sobre los niales, veíamos caer las estrellas fugaces; la manera en que te aplicabas en la baquía de estos soros parajes; de que forma aprendiste a hacer pipiritañas con los tallos duros del alcacer; cómo llegaste a conocer el trisar de las alondras y el nervioso arruar de los espantados jabatos rastrando a su madre; cómo te asustaba la batahola de los alanos esperando el escamocho del día; tu cara de susto ante el amenazador arrufar de la Yoli, cuando, en la yacija, amamantaba a su camada…
En fin, no quiero, como decís ahora los jóvenes, darte la charla. Solamente quiero que recuerdes a tus compañeros el antiguo apotegma latino: “Risus abundat in ore stultorum”
Besos para ti y para tus padres.

Necesitó la ayuda de un diccionario, para entender la mayoría de las palabras de aquella carta, y el concurso de un profesor de la universidad para comprender el significado de aquella frase latina. Fue entonces cuando se dio cuenta de la lección que había recibido de su abuelo, aquel hombre de campo del que, días atrás, se habían reído.

Pudo haber salido del paso con una simple llamada telefónica, pero, para dejar eterna constancia de su error, escribió una sentida carta pidiendo perdón. Rogelio, satisfecho por la positiva reacción de su nieto, conservó aquella carta hasta el día de su muerte.

DOR

lunes, 18 de febrero de 2013

EL CAMINO DE LA VIDA


Aseguran los científicos, y más concretamente los biólogos, que la vida se originó en el agua.  Pasteur, a finales del XIX, echó por tierra, mediante pruebas irrefutables, la prístina creencia de la aparición espontánea de la vida. Desde entonces, numerosos científicos han venido demostrando que, en unas condiciones diferentes a las actuales – temperatura, humedad, fenómenos atmosféricos de tipo eléctrico, etc. -, moléculas sencillas pudieron agruparse hasta formar sustancias más complejas. Yo me mantengo al margen; creo que si la verdad absoluta existiese, el hombre seguiría siendo incapaz de conocerla. Lo que sí tengo claro es que la vida, según la conocemos, es imposible sin el agua.

Para tratar de entender la antigua preocupación humana por proveerse y almacenar el agua, el numeroso grupo, con nuevas y remozadas caras, salió, en la calinosa mañana del sábado 16, en busca de los estertóreos meandros del viejo Lozoya. Torrelaguna, en la parada matinal, nos surtió de desayunos y mingitorios. La visita más completa quedaba para la tarde.

El Lozoya, seguramente por la acreditada bondad de sus aguas, es uno de los ríos más provechosos de la península. En sus escasos 91 kilómetros, su corriente es represada una decena de veces: el pequeño embalse del Vadillo, cuando aún es el arroyo de la Angostura; el de Pinilla, junto a Pinilla del Valle y Lozoya; la pequeña presa de Casillas, después de que nuestro río haya sido enhebrado por el arco del medieval Puente del Congosto; el embalse de Riosequillo, junto a Pinilla de Buitrago; el de Puentes Viejas, en cuya cola se alza Buitrago del Lozoya; el de El Villar, que ya conocimos en una anterior ruta; el de El Atazar, inmenso aguadero madrileño al que para intentar llenarlo, en ayuda del Lozoya, acuden hermanados el Riato y el Río de la Puebla; la presa de la Parra; la de Navarejos; y, por fin, la ya abandonada del Pontón de la Oliva, construida en el XIX, y que en su momento aseguró 200 litros por habitante y día, a un Madrid de más de 200.000 habitantes.
 
Sobre el formidable trabajo de cantería de ésta última, huera por motivo de la permeabilidad del terreno, iniciamos nuestra ruta. Una pasarela, embutida en el farallón calizo, nos franqueó una estrecha senda en la margen derecha del río. Ante aquel paisaje, intenté imaginar el nivel del agua en los lejanos momentos de esplendor de la presa, pero fue imposible borrar la visión de la corriente de agua serpenteando entre los verdes prados. La angosta vereda estiraba tanto el grupo, que tuvimos que parar en numerosas ocasiones.


El entusiasmo del grupo, todavía intacto, quedó retratado bajo las desnudas ramas de un añoso e inmenso fresno. Antes de encontrarnos con el camino de servicio del Canal, el húmedo soto sirvió de estrado para una charla didáctica.

Al llegar a la presa de la Parra el río vuelve a encajonarse. La fragilidad de los esquistos pizarrosos ha determinado que la corriente talle un valle prácticamente inaccesible. Allí debíamos abandonar su compañía para, desde los cerros, tomar perspectiva del inmenso congosto. Cruzamos la presa por la estrecha pasarela metálica, hasta llegar a un frondoso pinar de repoblación, donde se iniciaba la parte más áspera de la ruta. Conocía la relativa dificultad de la vereda, pero tenía la certeza de que todos superarían la sucesión de subidas y bajadas que nos esperaba. Como apunté en la crónica Entre Zeus y Poseidón, el grupo solamente necesita un ligero impulso para llegar a disfrutar de lugares de impagable belleza. Entre el jaral, la pina senda inicial acabó sacándonos los colores; pero el dulzón aroma del ládano acabó forjando la voluntad y el ánimo de los andariegos. Mereció la pena y fue reconfortante asentar los reales en aquel balcón natural, entre el cantil del río y los muros de un antiguo tinado. Más allá del despeñadero, con las buitreras al nivel de nuestras cabezas, el cadencioso vuelo de los buitres trenzando caminos imaginarios sobre los riscos.   



Tras la comida, la senda nos dio un ligero respiro hasta llegar al arroyo de la Pasá. Desde allí la última subida hasta el caserío de El Atazar. Sobre las antiguas eras, buena parte del grupo todavía tuvo arrestos de realizar algunos ejercicios de estiramiento,… y visitar el lavadero; otros buscaron el consuelo para la fatiga en el bar del pueblo. A las cinco y media, camino ya  de Torrelaguna, resultó obligada una parada en el mirador del Poblado del Atazar. A pesar de las difuminadas nubes bajas, el horizonte nos presentó la lámina del embalse en todo su esplendor. Las prisas,… y el tacógrafo del autocar impidieron el disfrute de una de las puestas de sol más impresionantes de la sierra madrileña.         
El Atazar, desde Cabeza Antón, el 6.2.2010.
  










En Torrelaguna, con el grupo otra vez separado, las previsibles visitas,… y los encuentros imprevistos. Entre las primeras, la inexcusable visita a la iglesia de Santa María Magdalena, una de las principales obras del gótico madrileño, claramente influenciado por el toledano. Basta observar, sobre la puerta de la fachada principal, la imagen de la Imposición de la Casulla a San Ildefonso, motivo recurrente en la mayoría de las iglesias toledanas. Dentro, un interesante retablo barroco, atribuido a Narciso Tomé. En él, la figura de La Magdalena escoltada por San Isidro y Santa María de la Cabeza. Entre los hallazgos imprevistos, el Alfolí de la Sal, edificio del siglo XIV, recuperado por la iniciativa privada para servicio de bar restaurante y, sobre todo, un enhiesto pino centenario que, menos mal, ha sobrevivido ante la inquietante amenaza de las edificaciones circundantes.


DOR